A Jano le gusta el 'grunge'

Parafraseando a José Luis Pardo, podría concluirse que la Crónica de José Agarrotado no es danza. Ni falta que le hace, por otra parte. Si se recurriera al símil musical cabría comparar el montaje de Loscorderos con el grunge: cuatro acordes de quinta y va que chuta. Ni un asomo de séptima, ni una entrada en anacrusa. Los bailarines/ actores emplean los elementos mínimos para defender sus argumentos, y lo hacen con uñas y dientes, nunca mejor dicho. En realidad, resultaría más acertado traer a colación a Sonic Youth o a Einstürzende Neubauten, ya que en el punto exacto en que el soplido de una cañería o una disonancia reventada en agudos encuentran la belleza este espectáculo halla su hermosura. David Climent y Pablo Molinero despliegan un trabajo valiente, directo como un escupitajo, sin ornamentos que distraigan la atención del espectador del sudor que exhalan. Se matan, y cómo, durante una hora alrededor de una mesa, con música electrónica a todo volumen o con el más molesto de los silencios. Les bastan, insisto, cuatro acordes pero al terminar la función, cuando uno no sabe muy bien a qué está aplaudiendo, hay que admitir que incluir un mínimo puente melódico lo habría mandado todo al traste.

Crónica de José Agarrotado es la historia de uno y su contrario, esto es, el reflejo de una sola personalidad o un solo espíritu. A la filosofía que entiende que el individuo está formado por dos elementos irreconciliables, Loscorderos responden dándole la razón. La persona, o el personaje que se ve en escena, es un Jano bifronte cuyas dos mitades quieren escapar en direcciones opuestas. Al final sólo puede quedar uno, lo que puede entenderse como un síntoma de madurez o como la determinación de que la muerte será el final de la historia. El movimiento es duro, áspero. Lo mejor del montaje es la iluminación, precisa y significativa, tanto a la hora de descubrir el enorme espacio industrial habitado como en los pequeños detalles, especialmente en la lámpara sobre la mesa.

La cuestión es que la Crónica no es un espectáculo para el público, sino contra el público. Continuamente se le invita a marcharse, y de hecho al final (sin que haya un final propiamente dicho) se le indica directamente dónde está la salida. Y aquí reside gran parte de su encanto. Qué quieren, fue un gustazo disfrutar en una tarde triste de domingo de la recién recuperada Sala Gades (que dure, queremos más) en una velada en la que se respiraba libertad por todas partes. La cuarta pared también seduce lo suyo.

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