Joe Wright diseca la gran novela de Ian McEwan

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"Briony sintió que la culpa conocida la perseguía con un furor renovadoý Restregó a fondo los armarios vacíos, ayudó a lavar bastidores con ácido fénico, barrió y enceró los suelos, hizo recados en el dispensario o en el centro de asistencia socialý Pero sabía que no servía de nada. Por mucho que fregara y por muy humildes que fueran sus ocupaciones de enfermera, y por bien que las cumpliese o lo duras que resultaran, por más que hubiera renunciado a iluminaciones académicas, o a las vivencias de un campus universitario, nunca repararía el daño. Era imperdonable." Esta cita resume el espíritu de la brillante novela de Ian McEwan Expiación, publicada con inmenso éxito de crítica y ventas en 2001; si se trata de un best-seller de calidad o de una gran novela con éxito, el tiempo lo dirá. De momento McEwan está considerado, junto a Martin Amis, Julian Barnes y Katzuo Ishiguro, uno de los grandes de la novela inglesa.

¿Qué culpa intenta expiar Briony entregándose con furia de pecadora arrepentida y penitente a los duros trabajos en un hospital londinense durante la Segunda Guerra Mundial? ¿Qué daño intenta reparar dedicando su vida a la literatura, para enderezar en la ficción los destinos de las personas -ahora convertidas en personajes- que ella misma destruyó? En el verano de 1935 Briony, entonces una niña, vio cómo el apuesto hijo de la gobernanta contemplaba a su hermana mayor saliendo medio desnuda de la fuente de la mansión campestre de la familia, e imaginó algo oscuro que en realidad no sucedía. Después abrió una carta que nunca debió abrir y entró en una habitación en la que nunca debió entrar. Traumatizada y despechada, guiada por una crueldad instintiva y no reflexionada, cometerá una terrible acción que arruinará dos vidas. La suya la dedicará, en gran medida, a expiar esa culpa a través de la escritura.

Este libro que logra ser una narración clásica o novela-río de conflictos humanos en tiempos turbulentos, trenzando los destinos individuales y colectivos en el marco trágico y espectacular de la Segunda Guerra Mundial, a la vez un complejo juego con el tiempo y una reflexión casi ensayística sobre el poder de la literatura y sus límites, ha sido brillantemente convertido en guión por Christopher Hampton. Era el hombre apropiado: Hampton es un guionista y realizador versado en adaptaciones o recreaciones literarias de gran fuste que escribió y dirigió una aplicada recreación de la relación entre el escritor Lytton Strachey y la pintora Dora Carrington (Carrington) y una aceptable adaptación de El agente secreto de Conrad, además de escribir los guiones de Vidas al límite, El americano tranquilo o Mary Relly (la primera sobre la relación entre Rimbaud y Verlaine, la segunda y la tercera sobre la novela del mismo título de Graham Greene y El Dr. Jeckyll y Mr. Hyde de Stevenson).

El problema es que este buen guión ha sido convertido en película por Joe Wright, el joven de oro (35 años) del actual cine inglés, consagrado con su primera película (Orgullo y prejuicio) tras triunfar en la BBC. Y es un problema que Wright la dirija porque, pese al éxito crítico casi unánime y la lluvia de premios o nominaciones que Expiación ha obtenido, se trata de una floja (si no mala), amanerada (si no cursi), superficial (si no impostora) y fría (si no frígida) película que diseca la novela, conservando su apariencia (trama y personajes) pero vaciándola de emoción y rellenándola con paja esteticista.

Lo más grave, en efecto, es que no hay emoción en esta historia que, más que nada, debe ser emocionante hasta las lágrimas y dura hasta el desgarro. Por mucho y alto que el excelente compositor italiano Dario Marianelli haga sonar su suntuosa banda sonora, rebosante de rachmaninovianos desmelenes pianísticos, mientras los personajes lloran, sus vidas se deshacen, sus pasiones se truncan o corren tras autobuses que se llevan a su amor, la emoción no acude a la cita. Por buenos que sean el diseño de vestuario de Jacqueline Duran (especialmente el traje verde que convierte a Keira Knightgley en una diosa art decó) y la dirección artística de Sarah Greenwood, todo parece impostado, recreación de cartón piedra, serial televisivo.

La culpa es de Wright, evidentemente, que confunde el efectismo con la creatividad, el amaneramiento con el estilo, lo ruidoso con lo impresionante, el énfasis con la personalidad y la habilidad para el engaño con el talento. No logra insuflar (pese a las buenas interpretaciones) vida a los personajes, veracidad humana a sus pasiones y hálito trágico a sus destinos. No logra crear emoción en las escenas íntimas ni épica en las de masas (aunque se marque un gratuito plano secuencia en un travelling de cinco minutos durante la evacuación de las tropas inglesas en Dunkerque). Comparte su culpa, aunque con menor responsabilidad, Seamus McGarvey con su pastosa, relamida, gratuitamente preciosista y empachosamente esteticista dirección de fotografía.

Hija de la melo-cursilería de diseño de El paciente inglés, esta pretenciosa y hueca película está destinada a triunfar hoy y ser olvidada mañana (nota para nostálgicos: no deja de ser curioso que Expiación, que a ratos recuerda a El mensajero de Losey, se cierre con un monólogo de Vanesa Redgrave de forma parecida a como aquella lo hacía con un monólogo de su padre, Sir Michael Redgrave).

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