Lecciones desde el crepúsculo

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A Camus, como a Garci, poco les importa ya estar en la onda del cine español, una onda en la que, sin duda, estuvieron en su momento. Lo suyo es más bien nadar a contracorriente, preservar una arcadia, una idea del cine como refugio para una digna jubilación desde la que observar el presente con distancia de maestros en retirada. Más acentuada si cabe en el caso de Camus, esta atalaya de independencia asume un tono crepuscular y sentencioso que no renuncia, empero, a dejar alguna que otra lección (moral antes que estética) de viejo zorro sobre ese mundo en el que hoy ya no encajan. Lo vemos, pero sobre todo lo escuchamos, en este El prado de las estrellas que, a modo de cuento contemporáneo, busca reconciliarnos con el espíritu bonachón y noble de las gentes de campo, con la sabiduría climatológica del zahorí curtido ya en muchos chaparrones entre nubes y claros.

Camus apunta y esboza historias incompletas y personajes que se cruzan entre la montaña y la costa, tipos ejemplares de una pureza tan mítica como rígida, paisajes que buscan aliento metafórico, pequeños dramas cotidianos que esconden una dimensión épica y una voluntad de resistencia en su trayecto de dimensiones humanas y trasfondo crítico. Nada que objetar a un discurso ingenuo con el que no será difícil simpatizar en su simplicidad de trazo grueso. El problema está en las maneras cinematográficas de una cinta que, como tantas otras, se escucha y se lee antes que verse o contemplarse, una película de palabras, afectaciones y explicaciones, literaria en el menos cinematográfico de los sentidos, retórica y discursiva en su incapacidad para convertir ese mismo paisaje que tanto insiste en mostrar en algo de mayor densidad que una postal promocional de Cantabria.

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