La Málaga islámica que destapa la arqueología

  • Los trabajos de campo desvelan que la ciudad no fue capital emiral y que la medina era casi inexistente en el periodo, pero sí fue sede del Califato Hammudí

Mantiene la arqueóloga Carmen Íñiguez que las fuentes documentales, los escritos históricos, pueden mentir pero que la arqueología no (aunque sí se puede hacer una interpretación errónea). Bajo esta premisa, el trabajo de campo de los profesionales durante los últimos años ha logrado destapar la verdadera historia de una ciudad que se privatizó para convertirse en una enorme factoría de salazones justo antes de la conquista islámica. Lo que se encontraron los primeros musulmanes fue una urbe que había sufrido un retroceso y cuyos pobladores, en muchos casos, la abandonaron para refugiarse en los Montes. Así comenzó, a principios del siglo VIII, un periodo que cambiaría la fisonomía y la funcionalidad de Málaga hasta aproximarse a la que hoy se conoce. Las salazones dieron paso a una floreciente industria de cerámicas, pieles y tejidos. Y durante el Califato Hammudí (en el siglo XI) se construyeron los tres grandes hitos de la época, la Alcazaba, la Mezquita Aljama y la muralla que protegía el núcleo urbano.

Málaga no fue capital emiral. La ciudad más importante del territorio era Archidona y los pobladores que llegaron a orillas del Mediterráneo convirtieron la colina de la Alcazaba (recinto defensivo aún sin construir) en el centro político, administrativo y religioso. En zonas aterrazadas hacia el sur y el interior de esta colina se formó el ámbito doméstico. "La primera necrópolis islámica de Málaga la encontramos en una excavación en la Plaza de la Marina", comenta Carmen Íñiguez, que ayer pronunció una conferencia en la Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés. El enterramiento, que sigue hasta la calle Moreno Carbonero, junto al mar, perdió su uso en la época del Califato Omeya, cuando el Puerto recuperó su importancia comercial. La gran superficie funeraria se trasladó desde la falda norte de Gibralfaro hasta las inmediaciones de El Ejido, según han constatado numerosas intervenciones arqueológicas.

En la calle Especerías se encontraron los primeros materiales cerámicos de la época. El vidriado se introdujo en la ciudad y en la Península Ibérica. En el periodo Omeya se crearon los dos arrabales más importantes de la ciudad. Al otro lado del río Guadalmedina se han documentado huertas y en la zona de calle Ollerías alfares y hornos. Desde la Plaza de las Flores hasta el Pasillo Santa Isabel se ubicaba el barrio artesanal, en el que tenían especial importancia los telares y las curtidurías. "A finales del siglo X y principios del XI se exportaban las túnicas que se hacían en Málaga", explica la arqueóloga. Junto a los telares se ha hallado un funduq, un mesón, hospedería o alhóndiga de los siglos X-XI.

Los Hammudí fueron los legítimos califas de occidente y los únicos que acuñaron monedas en este territorio. En ese momento Málaga sí fue sede califal, capital de al-Ándalus. "Se mantiene la medina, los arrabales, la necrópolis, pero aún no hay muralla", dice Íñiguez. La dedicación artesanal siguió dando sus frutos y comenzaron a gestarse los hitos constructivos de la época. La dinastía Hammudí inició la construcción de un conjunto castrense con tres recintos defensivos que cayó en 1487, cuatro siglos más tarde.

Estos datos se han podido constatar en muchas excavaciones. Pero aún quedan tesoros escondidos en la ciudad que se muestra " a nuestros pies".

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