Max Baer, un caballero

  • Desenfocado por Pedro Ingelmo

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EL cine de Ron Howard, que ha firmado taquillazos como Apolo 13 o Una mente maravillosa, es meloso, sentimentaloide y preñado de la ternura más grosera. Argg, no puedo con él. Al mismo tiempo, el subgénero del cine de boxeo es uno de mis predilectos. Rocco y sus hermanos,Cuerpo y alma, Toro salvaje e incluso Rocky son piezas maestras. En todas ellas los combates están resueltos con una brillantez milimétrica. De hecho, incluyo Rocky porque el combate final es pura coreografía. John G. Avildsen, su director, desplegó en esos 15 minutos lo mejor de su carrera recreando vagamente el momento de gloria en el que un mediocre púgil francés, Chuck Wepner (Rocky), tumbó a Cassius Clay. Casi todas las películas de boxeo tienen ese referente real que alimenta el mito. El campeón de las manos pequeñas, Jake Lamotta, se engrandece con el rostro de Robert de Niro y la cámara en estado de gracia de Scorsese. Scorsese estudió el trabajo de Mark Robson en Más dura será la caída para ejecutar sus combates en hermoso granulado en blanco y negro. Pura poesía.

Mi pasión por el cine de boxeo venció m i aversión por Howard y al fin vi Cinderella man, la historia del campeón irlandés Jim Braddock. La película es mala, pero tiene dos excelentes momentos. Uno es cuando Braddock contempla desde la grada el combate mitológico entre Max Baer (en la foto) y Primo Carnera, boxeador en el que se basa precisamente Más dura será la caída. El otro es el combate final, el clímax, entre Baer y Braddock. Espléndidamente rodado, tiene momentos capaces de levantarte del asiento. Hay un problema: todo es falso. Es una inmensa injusticia. Carnera no fue apalizado como un trozo de carne por Baer. La que está considerada una de las mejores peleas de la historia del boxeo finalizó después de que ambos se intercambiaran un salvaje castigo, pegándose incluso cuando estaban caídos en la lona. La segunda tergiversación es más grave. Con el fin de engrandecer a Braddock, Howard convierte a Baer en un tramposo y un asesino. Realmente Baer mató a dos hombres en el ring porque era una máquina de pegar, pero no era el taimado personaje que dibuja Howard. Siempre sufrió por aquello. Era el orgullo judío en los años del inicio de la persecución nazi y, sobre todo, un caballero, un deportista de una pieza que visitaba a sus 'víctimas' tras las peleas para animarles y desearles suerte. Un buen hombre. El cine es así. Baer pasará a la historia de las nuevas generaciones como el carnicero sin alma que se inventó un mediocre llamado Ron Howard.

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