Misterio y exotismo

  • Verticales de Bolsillo edita 'La Piedra Lunar' de Wilkie Collins

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Se unen aquí, en La Piedra Lunar, dos de los más felices tópicos de la literatura detectivesca del XIX y el XX: la desaparición de una joya singular, de una gema inimitable, y el origen exótico, legendario, quizá maldito, de dicho tesoro. No podemos leer esta novela (The Moonstone en el original), sin recordar El halcón maltés de Dashiell Hammett o, por diferente motivo, La hermana pequeña de Raymond Chandler. Tampoco el Estudio en escarlata de Conan Doyle, donde una severa devoción (allí los mormones, aquí los cuáqueros), ocupa buena parte ambas obras. Sea como fuere, misterio y exotismo, enigma y lejanía, serán los dos apoyos sobre los que bascule la literatura policial desde que Edgar Poe la inventó, como género autónomo, poniendo de protagonista a un gorila frenético venido del meridión. Hablo, naturalmente, de monsieur Dupin y el caso de Los crímenes de la calle Morgue.

Así pues, Wilkie Collins no está iniciando nada cuando escribe La Piedra Lunar. Sin embargo, sí está llevando, hasta sus últimas consecuencias, un modo de escribir que participa del folletín por entregas, y que se nutre vagas leyendas coloniales y el vivo cosmopolitismo de la metrópoli. Eso mismo harán, pocos años más tarde, novelas como Drácula o la dilatada serie de Sherlock Holmes, donde el mal no es sólo intrincado, sino que nace de remotas fuentes y de vastos imperios fatigados. Sin lugar a dudas, el sargento Cuff es el primer detective de las islas. Pero ya hemos visto que en Ultramar, en la América anglófona, un dipsómano de Boston había ideado un monstruo analítico de nación francesa. En el fondo, esto es poco relevante. Lo particular de Cuff, y de su heredero Holmes (el padre Brown, en menor grado, también disfrutó de esta luz ambarina), es la escenificación del misterio como un cruce colosal de geografías dispersas. Y ello, en el tranquilo círculo de la campiña inglesa, entre rosales párvulos y el amor inconfesado de alguna joven Lady. De ahí saldrá, mucho más tarde, la epigonía insuficiente de Agatha Christie. Collins, a diferencia de ellos, posee otro talento netamente británico: el humor, mas la facilidad para hilvanar historias urgido por los plazos de la prensa escrita. En este sentido, La Piedra Lunar es una obra extraordinaria. También como la perfección de un género, de una literatura, que trasladó el enigma, su escozor, su asombro, su llama espumeante, a nuestros días.

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