Un Mozart desde Benamocarra

  • La Orquesta Filarmónica de Málaga celebra mañana en el Cervantes con un concierto el 175 aniversario del nacimiento de Eduardo Ocón, figura esencial para comprender el nacionalismo musical español

Si hubiese venido al mundo en Viena o en Salzburgo, la historia, seguramente, habría sido otra. Pero Eduardo Ocón nació en Benamocarra el 12 de enero de 1833, y esto le convierte, 175 años después, en objeto de reivindicación. La Orquesta Filarmónica de Málaga, como corresponde, ha asumido la iniciativa y ofrecerá mañana en el Teatro Cervantes un concierto dedicado íntegramente al compositor. La oportunidad la pintan calva para recordar a una figura indispensable del llamado nacionalismo musical español, cuyo legado demuestra que este fenómeno fue mucho más allá de lo que dio Manuel de Falla.

La trayectoria vital y artística de Eduardo Ocón permanece ligada a la Catedral de Málaga, en la que ingresó como seise con 7 años de edad. Recibió su primera instrucción musical en el templo y ya a los 13 años compuso un miserere que llamó poderosamente la atención de sus maestros. Esta precocidad, por la que fue comparado con Mozart, le permitió completar con quince años sus estudios de órgano, piano y composición. En 1848, Ocón fue nombrado ministro de canto de la Catedral, cargo que mantuvo durante seis años hasta que decidió abandonarlo para consagrarse al libre desarrollo de su trabajo como músico. Sólo un año después, sin embargo, regresaría a la Basílica como segundo organista, ya en una situación privilegiada que le permitiría trabajar a conciencia y con gran dedicación en sus numerosas composiciones.

Como todo músico, Ocón fue hijo de su época. La mayor parte de su producción musical es significativamente religiosa y se interpretaba en las primeras iglesias de la capital, verdaderos escaparates de las formas compositivas decimonónicas con bastante más asiduidad que los teatros. Junto a los órganos, casi todas las festividades solemnes solían contar con una orquesta para el deleite polifónico de los autores. Igualmente, la burguesía, que en Málaga se hizo especialmente pujante gracias al desarrollo industrial de los Heredia, Larios y compañía, tenía en la música su capricho predilecto y no había casa de postín que careciera de profesor de canto, instructor de piano e intérprete instrumental para las fechas señaladas. Ambos márgenes del río beneficiaron al de Benamocarra, el más solicitado tanto en los altares beatos como en los salones familiares más perfumados.

La posición en la Historia de la música de Eduardo Ocón remite, inevitablemente, a su trabajo como compositor. Su Motete al Santísimo ya anunció en 1854 las bases de su estética, con un estilo muy conservador en las formas y en la armonía pero de altísima solvencia técnica. Según el dictamen unánime de la crítica, su principal valor reside en la naturalidad y fluidez con la que construye los argumentos musicales, con una sencillez aparente que nace de la necesidad al musicalizar los textos de la liturgia pero que termina convirtiéndose en distintivo de su inspiración. Este ágil sentido del decir musical contribuyó de manera decisiva a la popularidad de sus obras más allá de Málaga hasta toda España y buena parte de Europa. Zarzuelas, cantatas y muy especialmente la producción religiosa, con ejemplos como el impresionante Miserere, prolongaron el genio hasta la misma muerte de Ocón en 1901.

Adscrito a las corrientes nacionalistas, el malagueño publicó en Leipzig en 1874 una recopilación de canciones populares españolas armonizadas para canto y piano. Éste fue el trampolín esencial, con permiso de Falla, que permitió a la tradición ibérica ganar su sitio en Europa junto a otros nacionalismos eternos, como los de Sibelius y Tchaikovski. Al igual que el gaditano, Ocón vivió en París durante tres años y aprendió las bondades de la modernidad musical, que aplicó gustoso a sus amadas armonías mediterráneas. El siglo XIX, en suma, no habría sido el mismo sin él.

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