Arte

Murillo y Cádiz (galería gaditana IV)

  • La conocida como 'Inmaculada del Oratorio de San Felipe Neri', actualmente expuesta en la iglesia de Santa Cruz, forma parte de una extensa relación pictórica del artista sevillano con la capital gaditana

Colofón insigne de la exposición sobre el Barroco en Andalucía -que se muestra hasta finales de Enero en la gaditana Iglesia de la Santa Cruz- es un lienzo de Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617-1682). Se trata de la conocida como Inmaculada del Oratorio de San Felipe Neri. Fechada en 1680-82, es la última de la extensa iconografía concepcionista debida al artista hispalense y fue pintada con toda probabilidad como encargo del rico comerciante afincado en Cádiz en los últimos años del siglo XVII, Francisco Báez Eminente.

Ello nos da pie para discursear un poco sobre las relaciones de Murillo con Cádiz a través de las obras que aquí realizó o de las que pertenecieron a alguna colección artística ya formada en sus años, siguiendo en parte lo anotado por Manuel Ravina Martín en su opúsculo de 1985.

El Cádiz de la época de Felipe IV y Carlos II es una ciudad que, gracias al comercio americano, va convirtiéndose en emporio mercantil. Ello viene a ser sinónimo de pujanza y esplendor en las realizaciones artísticas, y añadiendo nosotros ahora nuevas obras a esta Galería Gaditana o Imaginario Museo, iniciado el pasado verano con pinturas que en su momento "residieron" aquí, veamos lo excelente que de Murillo podemos sustentar. Merced a sus relaciones familiares, el sevillano entra en contacto con la élite social y comercial gaditana, formada principalmente por genoveses y flamencos. Dejando a un lado lo pintado, ya en sus últimos días, para el Convento de los Capuchinos, fijemos nuestra atención en la figura de Don Pedro Colaert-Dowers, primer Marqués del Pedroso. Natural de Dunkerque, entonces enclave español, al venir a estas latitudes castellaniza su apellido en Colarte. Acaudalado banquero, poseyó -además de sus casas en la capital- una villa rústica al modo de los patricios gaditanos, en el barrio de San Fernando, donde aún se recuerda con su nombre, y donde tuvo la tela conocida como Las dos Trinidades fechada hacia 1680 y actualmente en la National Gallery de Londres. En sus años finales Murillo, como ahí vemos, va deshaciendo las formas y la precisión dibujística para crear un todo atmosférico en el que el color palpita y se expande con sutilísimas veladuras y gradaciones, inundando el espacio exterior al lienzo, como si lo pintado no tuviera fin. Compuesta la obra mediante dos diagonales cruzadas, cuyo centro es la cabeza del Niño Dios, nexo que une lo celeste y lo terreno, esa especie de pathos amable que la define es uno de los orígenes de toda la posterior pintura del XVIII europeo, cuya influencia, en la escuela británica, (Gainsborough, por ejemplo) seria decisiva. El tema muestra un hecho, digamos, teológico, tratado con cierta particularidad en la pintura barroca española y flamenca: la similitud entre María, José y el Niño, como hipóstasis terrena de la Santísima Trinidad cósmica: Padre, Hijo y Espíritu Santo. No obstante, entre lo conceptuoso de esa visión y el espectador se establece una humanísima vía comunicativa mediante la figura de San José, que girado hacia el plano del que contempla la obra, recaba su atención con una mirada líquida plena de sentimentalismo.

El otro gran coleccionista gaditano de pinturas de Murillo es el antes mencionado Francisco Báez Eminente. Tanto él como sus hijos, uno de los cuales fuera sacerdote a la par que continuara con los negocios paternos, fueron poseedores de un conjunto de pinturas de Murillo, hoy dispersas en varios museos europeos y americanos. En la Colección Bedford, en Abbey Wobrum (Reino Unido), se halla la que tal vez ofrece mayor facilidad de identificación. Se trata de una Gloria con ángeles niños y guirnalda de flores, fechada hacia 1670. Los otros cuadros siguen ese tenor hagiográfico: San José con el Niño Jesús, San Francisco de Paula, San Francisco de Asís y San Francisco Javier, identificable este con el que se citaba en el Wadsworth Atheneum (Hartford, EE.UU).

Por otra parte, Eric Young en su catálogo de la obra murillesca incluye un retrato femenino (Col. Johnson, del Museo de Filadelfia), que pudiera tratarse de Doña Juana Eminente, familiar en algún grado, por su apellido, de los personajes que venimos citando. La dama, vestida según la indumentaria del reinado de Carlos II, aparece de medio cuerpo, señalando sobre su pecho un prominente joyel, mientras que con la otra mano, apoyada en una silla -curioso gesto- sostiene un abanico cerrado.

Pero volvamos al principio, a la Inmaculada de San Felipe Neri. A expensas de los datos que puedan arrojar sobre su historia su reciente restauración, aun no publicados, hay que seguir pensando en ella como encargo de uno de los miembros de la familia Eminente, que más tarde donaría el lienzo al Oratorio. Su composición, si la comparamos con la que Murillo pintara una década antes destinada al Hospital de los Venerables, de Sevilla (hoy en El Prado), es mucho más calma y concisa. Aparece la Virgen en el centro de un óvalo o mandorla descrito por la línea que marcan los cuerpos de los Ángeles niños que la rodean, sostenida o flotando sobre unas nubes que forman juegos de luces, envuelto todo en un aire dorado, eterno y transparente. Un sutil contraposto le otorga a la figura un cierto dinamismo en su quietud expectante, contraponiéndose, en aspa, el eje de la cabeza con el de las manos unidas, acentuado ello, finalmente, por el trazo diagonal de la palma que sostiene uno de los pequeños ángeles a sus pies.

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