Música contra la mala sangre

  • Radiohead, Prince y David Byrne, entre otros, anunciaron en 2007 cómo será el negocio de la música del futuro. Aquí, sin embargo, los políticos siguen empeñados en perder el tiempo con el canon digital

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En el plano internacional, 2007 bien pudiera ser considerado el año del salto adelante en la ruptura con el modelo de negocio discográfico tradicional por parte de algunos nombres señalados. Esto es, de aquéllos que, como Radiohead, prefirieron deslindar el objeto de coleccionismo -el soporte físico de pago- del vehículo promocional -la libre difusión de la música de In rainbows-; el primero en cuidada edición, y a un precio significativo, y el segundo en descarga directa mediante donación. En cualquiera de los dos casos, sin intermediario alguno entre la banda y el aficionado.

Prince provocó la ira de la industria del disco al regalar en Gran Bretaña su último álbum, Planet Earth, con el periódico The Mail; Madonna abandonó a su compañía discográfica por una agencia de promoción y producción de grandes eventos y Trent Reznor, de Nine Inch Nails, puso en la red a disposición de su público las pistas de cada uno de los temas del último trabajo del grupo, Year Zero, para que éste pudiera remezclarlos a su gusto.

Son ejemplos de prácticas que no suponen ninguna novedad -muchos grupos, con anterioridad, han actuado de manera similar, al margen de los mecanismos convencionales del mercado-, pero que debido a la enorme repercusión de sus protagonistas pusieron de manifiesto una evidencia incontestable: ¿alguien duda de que esto está cambiando? Economía de la atención, lo llaman. Si alguien quiere aprender más sobre el tema, haría bien en consultar el clarificador artículo publicado por el ex Talking Heads David Byrne en la revista Wired, David Byrne's survival strategies for emerging artists -and megastars (Las estrategias de supervivencia de David Byrne para artistas que empiezan -y megaestrellas), disponible en la web de la publicación (www.wired.com) junto a una también reveladora entrevista a Thom Yorke en torno al porqué de la decisión sobre In rainbows.

cultura parasitaria

Todo eso, claro, más allá de nuestras fronteras, pues aquí, en las siempre interesantes cuestiones adyacentes al hecho musical en sí mismo, la atención se concentró en la pugna entre las sociedades de gestión de derechos de autor y los sectores y colectivos opuestos a la aplicación del canon digital, asunto con delirante sprint final tras el voto del Partido Popular en el Senado a favor de la supresión del mismo y hasta su aprobación definitiva en el Congreso. Y digo delirante porque el proceso ha puesto de manifiesto otras tantas evidencias. La primera, y realmente grave, el desconocimiento profundo, cuando no algo peor, de gran parte de nuestra clase política respecto a las realidades de la sociedad de la información e incluso respecto a la legislación. Baste señalar que el instigador de la enmienda en el Senado, Jordi Gullot, aún no asume que las descargas personales sin ánimo de lucro desde internet no constituyen en España delito alguno; que el portavoz del Partido Socialista en el Congreso, Diego López Garrido, afirma que "sin canon todas las descargas serían ilegales", y se queda tan ancho, o que Mariano Rajoy insinúa sin despeinarse la posibilidad de aplicar la solución Sarkozy a quienes bajen contenidos con copyright: el corte de la conexión ADSL.

La segunda, la absoluta desfachatez e hipocresía de aquéllos que se arrogan así, en su totalidad, la representación de los generadores de esa cosa abstracta llamada cultura, ejecutivos, satélites y pelotones de choque de unas entidades de gestión de derechos que parecen dispuestas a hacer del parasitismo social una de las principales fuentes de su sostenimiento y desarrollo empresarial. Que tras la animadversión social provocada contra ellas durante todo el proceso aún se permitieran echar sal en la herida publicando en varios medios nacionales un anuncio de agradecimiento a los congresistas que votaron en el Congreso a favor del canon digital sólo puede entenderse como un acto de chulería. Y a la postre, de torpeza. "Con esta importante decisión ha ganado la Cultura. Hemos ganado todos", afirmaban.

No parece pensar lo mismo buena parte de los españoles que dejan su opinión en los foros de la red, y que demandan algo tan simple como el que dinero público no vaya a parar a las arcas de unas entidades privadas no caracterizadas precisamente por la transparencia de su gestión.

buena vibración

Contra la mala sangre, buena música, ésa que ajena a supuestas crisis sigue brotando un año tras otro y fluyendo con una facilidad que no sólo hace las delicias del aficionado, sino que además crea afición. Títulos tan destacados, sin orden jerárquico que valga, como esa maravilla del folk-rock que le salió a Iron & Wine, The shepherd's dog; esa demoledora pieza de electrónica oscura y conmovedora que firmó el enigmático británico Burial, Untrue, o esa hipnótica colección de melodías con propiedades levitantes que rubricó Blonde Redhead, 23.

Servidor, y supongo que otros tantos, lejos de observar una pretendida pérdida de creatividad, se maravilló con el Roots & crowns de Califone; con el Sex change de Trans Am; con el Hissing fauna, Are you destroyer? de Of Montreal; el Andorra de Caribou; el Friend opportunity de Deerhoof y el Ga Ga Ga Ga Ga de Spoon. Observó cómo nombres destacados volvían a dar en la diana -PJ Harvey con White chalk; Robert Wyatt con Comicopera y Nick Cave al frente de Grinderman- y cómo algunas promesas de antaño revalidaban su talento -LCD Soundsystem con Sound of silver; Arcade Fire con Neon Bible y Beirut con The flying Cup Club-.

Y sí, hasta en la España del canon, ésa en la que los autores lo pasan tan mal, mire usted por dónde Los Planetas facturaron el estremecedor La leyenda del tiempo; Ruizpantaleón confeccionó un homónimo debut de aupa y Astrud siguió afilando el lápiz con Tú no existes. Y porque no hay espacio para más, que si no...

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