Ortuño, el hijo de un carpintero que retrató a los reyes de Arabia

  • El Centro Cultural Gran Capitán inaugura 'Ortuño íntimo', una muestra de setenta cuadros del artista granadino, en su mayoría pintados ex profeso para su familia y que ofrecen una nueva visión del pintor

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El destino del hijo de un carpintero en la década de los cuarenta, en un 99 por ciento de posibilidades, no pasaba por las salas de exposiciones ni por codearse con la familia real de Arabia. José Ortuño (1944-1999) fue la excepción. El Centro Cultural Gran Capitán inauguró ayer una retrospectiva del artista con setenta cuadros pintados ex profeso para su familia y que, hasta ahora, sólo podían verse visitando a sus herederos. De ahí el título de la exposición, Ortuño íntimo.

Además, la inauguración de la muestra contó con Curro Albaicín, que recitó versos de Manuel Benítez Carrasco; el guitarrista Ramón del Paso y el violinista Alberto Funes, que interpretaron una Visión Lorquiana; y José Manuel Fernández, que realizó una lectura poética de un texto de José Luis Sierra que recorre la vida del pintor. "La exposición quiere hacer un repaso por su obra pictórica desde sus inicios, muy jovencito, cuando fue becado por el Ayuntamiento de Granada fue a estudiar a París, hasta su último cuadro, que fue el que quedó en el caballete cuando murió pintando un paisaje del Cerro de San Miguel", explica la hija del artista, Clara Ortuño.

La muestra recoge también una época en la que hizo especial hincapié por los retratos y los cuadros en pastel, pasando por un periplo en Arabia en el que retrató a la familia real y de donde se trajo cuadros de pequeño formato, "los que pudo traer en su maleta".

Conocido como "el pintor de la Alpujarra", Ortuño íntimo intenta salirse del tópico y muestra otros paisajes, acuarelas, bocetos, retratos... "Es la muestra más personal e íntima que puede verse porque es la obra de la familia", continúa la hija del artista. Incluso otros cuadros, que no nacieron con vocación de quedarse en familia, pasaron a sus hijos "porque nos enamorábamos de ellos y los requisábamos". "La pintura que hacía para nosotros es muy intimista, retratos míos o de mi madre en los que hay un estudio del pastel muy intenso".

Y aunque cualquier escaparate de una tienda de cuadros de Granada muestra un paisaje de la Alpujarra, Ortuño hizo suyos estos parajes "por sus blancos, por su luz, por mostrar el carácter alpujarreño, no los parajes más bonitos, sino el verdadero latir de esas tierras". Según el comisario de la exposición, Ramón Gonzalo Rodríguez, "supo leer fielmente la plenitud de los paisajes y encender con la habilidad de sus manos la mirada más intensa de los campesinos y las personas humildes". Quizás por que él mismo se reconocía en ellos. "En cada rincón de sus cuadros suena la voz plural de todos los tiempos: unas veces son las lavanderas mezclada con los secos ecos de los segadores; otras es el silencio serio de un castaño renegrido...", continúa el comisario de la muestra.

Pero, en opinión de su hija, esto no excluye un carácter perfeccionista, escrutador: "Nunca veía un cuadro terminado y hubo una época, de la que lamentablemente no conservamos ningún cuadro, en la que jugó con la exageración de las manos, de los rostros...".

Ortuño también se salió del tópico del 'artista inescrutable' y mostró un carácter "dócil y difícil a la vez". "A pesar de que había momentos en que necesitaba pintar y se enfadaba porque se acababa la luz, luego era un gran pedagogo y uno de los seres más accesibles que he conocido", explica con devoción su hija. "Él fue un artista autodidacta, aunque estuvo un tiempo en la Escuela de Artes y Oficios, y fue de los últimos en pintar al natural porque le gustaba aprovechar la fugacidad del tiempo y de las luces".

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