Pasadizos, los de Jerez

CADA ciudad tiene sus propias leyendas urbanas y Jerez no iba a ser menos. Las noches de tormenta los viejos narran historias escalofriantes. Entre ellas se cuentan la referida a una criatura monstruosa que habitaba en las profundidades de la laguna de Torrox, el relato del alcalde que quiso construir en el Arroyo un monumento tan grande que dejase empequeñecida a la Estatua de la Libertad, o las andanzas de un prelado que quiso vender la iglesia de San Juan de los Caballeros. Todos sabemos que son historias falsas, inventadas por gente despistada, que oyó datos inconexos y después tejió una suerte de mito o bien que se trata de cuentos maquinados por mentes perversas que sólo pretenden envenenar el buen nombre de Jerez y de sus insignes habitantes.

Sin embargo hoy vamos a hablarles de un mito local muy difundido. De hecho, quizás se trate de la leyenda urbana municipal por antonomasia, que no es otra que esa que cuenta que hay una serie de túneles que conectan todas las iglesias jerezanas, saliendo incluso al campo. Estoy seguro de que muchos de ustedes la habrán oído, y más de uno tendrá un pariente que afirma haber circulado por estas vías subterráneas, entrando por Santo Domingo y saliendo (para su asombro) por Majarromaque. Pese a que tengo noticia de estas galerías del inframundo desde mi más tierna infancia. No estoy muy convencido de su existencia por la sencilla razón de que no les encuentro una utilidad clara. Unos dicen que por estos pasadizos el clero huía en épocas de guerra. Hay que tener en cuenta que el único periodo durante el que el Jerez cristiano vivió una situación de acoso por parte del enemigo se remonta a los siglos XIII, XIV y, si acaso, comienzos del XV. En esta época la Cartuja (que al parecer es uno de los destinos de estos túneles míticos) no existía, ya que se funda en 1476, con lo que esta teoría parece descartada.

Otros afirman, con el mismo desvarío, que los monjes de este último monasterio utilizaban los conductos del subsuelo para llegar a Jerez y raptar doncellas, imaginamos que con no muy buenas intenciones.

No obstante, creo que hay un poso de verdad en esta cuchufleta histórica a la que trataré de dar una explicación. A mediados del siglo XVI Jerez de la Frontera era una ciudad sedienta. La mayor parte de la población bebía agua de pozo, con los consiguientes problemas para la salud. Pese a que el Municipio trataba de buscar una solución, fue la casualidad la que resolvió, al menos en parte, el problema. En 1554 se descubre de modo fortuito un sistema de captación de agua en la zona hoy conocida como Los Albarizones. La obra, que aún se conserva, es de grandes dimensiones y está formada por unos túneles de altura considerable, ya que cabe un hombre de pie y todavía sobra espacio. Estas galerías se adentran en las profundidades de la tierra en busca del líquido elemento. Pronto la noticia llegó al Cabildo, diciéndose incluso que era una obra maravillosa, propia de moros o de gentiles, así que las autoridades no dudaron un momento y se dispusieron a traer el agua hasta el casco urbano. Pero los ingenieros contratados no fueron capaces de salvar el desnivel existente entre el manantial y las calles e mi viejo Jerez, así que hubieron de conformarse con traer el agua hasta una zona muy baja, donde hicieron una fuente que recibió el nombre de La Alcubilla y que ha llegado hasta nuestros días adosada a la Ermita de Guía.

Ni mucho menos el túnel se continuó desde Los Albarizones hasta Jerez y, para abaratar costes, el agua venía a través de estrechas cañerías de barro que constantemente se rompían con las raíces de las viñas y árboles que se encontraban en su camino. Pero la imaginación popular forjó la leyenda de esas calles de las profundidades que llegaban desde La Cartuja (casualmente junto al manantial) hasta las iglesias jerezanas (quizás por la proximidad de la ermita.

Sé que pocos de mis lectores estarán de acuerdo con esta explicación y que la mayoría jurará, incluso bajo tormento, que los túneles están ahí. De humanos es rectificar y me comprometo a hacerlo en estas páginas cuando alguien aporte una prueba convincente. De hecho, si se confirma su existencia, sería una gran noticia para la ciudad. Ese día glorioso podremos ir cuando llueva andando y sin mojarnos desde San Miguel a Salto al Cielo, por no hablar del ahorro que va a suponer este hallazgo a las arcas municipales, pues el Ayuntamiento se olvidará de tranvías y trolebuses e instalará una red de metro a la que el público accederá por los confesionarios de los principales templos.

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