Simbología y misterio

  • Renacimiento publica a Verlaine traducido por Machado

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Se presenta aquí, en este volumen, una nutrida antología de Paul Verlaine, en la versión más fidedigna y prosaica de Manuel Machado. La antología se acompaña de un prólogo de Gómez Carrillo sobre el autor, así como una presentación de Pablo d'Ors centrada en la figura de Machado y las primeras traducciones surgidas en España. También se incluye, a modo de prefacio, una breve y conmovida estampa de Verlaine, obra de su amigo François Copée, académico de la francesa. De esta forma, obra, autor y traductor quedan debidamente cubiertos y explicados, antes de adentrarnos en el umbrío, en el dorado bosque del viejo y turbulento fauno galo.

¿Por qué la actualidad, la sorpresa de Verlaine, y el ancho magisterio de su obra en toda Hispanoamérica? Hemos titulado estas páginas simbología y misterio, porque el Simbolismo, bajo la especie de ruptura, no es sino continuación, divergencia melancólica y pagana, del crudo misterio gótico que cruza y reverbera en el tardo-romanticismo. Basta leer a Bécquer, a sus pavorosas Leyendas, para saber que el mundo, la noche, la garganta amada, guardan siempre un enigma sangriento y un secreto ancestral dormido en las almenas de algún castillo. El misterio en Bécquer es un misterio épico, heráldico, cruento. Lo cual, en la poesía verleniana, se trasforma en un enigma musical, en un secreto arcádico y profano, y en cualquier caso, en un modo agreste y matinal de celebrar el mundo, venido del nuevo clasicismo que inauguraran Heine, Goethe, Winckelmann, etc. (Pater y Ruskin son los últimos en llegar a esta fiesta galante). Así pues, de una poesía historicista, heroica, truculenta, llegamos al breve parpadeo de lo doméstico, al esplendor de la minucia y los dialectos del bosque y la espesura. Llegamos, en fin, a la lírica, como un vago estatismo donde el hombre yace, expectante y sombrío, a la espera de que Pan nos desvele su arcano ("los altos surtidores esbeltos entre los blancos mármoles"). Pero ambas, la épica romántica y la lírica simbolista, vienen sustentadas por el enigma: enigma del pasado, la sangre como herencia, en el primero; la suave cifra del mundo y de la carne, en el hemisferio verleniano.

Melancólica, indolente, estremecida, la poesía de Verlaine, tan presente en el menor de los Machado, tan vívida y floral en los versos de Darío, olvidan la agonía de Baudelaire para traernos la dicha de la hora. Así, el fauno parisino se oculta entre la fronda. "He aquí el Otoño, ¡amemos!".

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