Von Stroheim, el perdedor aristocrático

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Era el rey de la desmesura. Si alguien simboliza la belleza del fracaso, del ángel caído, es el cineasta vienés Erich von Stroheim, del que se cumplen 50 años de su muerte. Decía de sí mismo que era un aristócrata, ex teniente de dragones, hijo de un coronel del Ejército Imperial y de una dama de honor de la emperatriz Elisabeth de Austria. Además, rodaba películas de cerca de 9 horas -que eran sistemáticamente mutiladas por los productores-, fue el primer director despedido de la historia y hacía bordar el escudo del Imperio Austrohúngaro en la ropa interior de sus actores.

Llegó a Hollywood en 1914 y durante la I Guerra Mundial se especializó en interpretar a malvados oficiales prusianos -hasta en cinco películas-. Fue el protagonista de una campaña publicitaria con su imagen y un rótulo que decía: "Éste es el hombre al que le gustaría odiar". Como mínimo, su imagen provocaba inquietud y su carácter le condenaba a un fracaso aristocrático reservado sólo a los grandes.

Stroheim decidió ser director de cine tras trabajar con David W. Grifith en El nacimiento de una nación -una loa al Ku Klux Klan que pasa por ser una de las películas más determinantes de la historia- y, tras diversos proyectos como Esposas frívolas y ser despedido del rodaje de Los amores de un príncipe, filmó Avaricia, su obra maestra. El metraje duraba 9 horas -de 96 horas de filmación- y fue mutilada hasta reducirse a 2 horas. En sus películas posteriores volvió a enfrentarse a los productores e incluso a la censura. En La reina Kelly, película financiada por el amante banquero de la actriz Gloria Swanson, se vio presionado para cambiar el final que situaba en un prostíbulo africano. Finalmente, con la llegada del cine sonoro, terminó en 1928 la carrera como director de Von Stroheim al ser expulsado de los estudios. El cineasta prefirió la ingravidez del salto al vacío frente a la seguridad de pisar sobre firme. Pero no fue su final en el mundo del cine y ocupó un lugar inquietante delante de las cámaras como actor.

Volvió a enfundarse el uniforme para participar en cintas como La gran ilusión (1937) de Jean Renoir o Cinco tumbas sobre El Cairo, de Billy Wilder, donde interpretó con su hieratismo habitual -herencia del cine mudo- al mariscal Rommel. También trabajó en Francia hasta que firmó su testamento cinematográfico en El crepúsculo de los dioses (1950), de nuevo con Billy Wilder, donde se interpretó a sí mismo como un antiguo director de cine devenido en chófer de una antigua estrella de cine, su vieja conocida Gloria Swanson. Pocos como él fueron capaces de mostrar su decadencia. Al final de la película, se vuelve a poner detrás de las cámaras para filmar la detención de Swanson en su particular canto del cisne.

Fue el epílogo del personaje más extravagante de la historia del cine. Y aunque muchos cineastas han intentado crearse una leyenda de outsider, ninguno ha llegado a las suelas de las botas de caña alta de Stroheim. Su vida es la de un genio perdedor que hizo arte hasta de su propia caída.

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