Los amantes de Jerez

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La ya conocida producción de Romeo y Julieta es uno de los productos del Villamarta que más aceptación ha tenido desde su estreno, siendo, junto a Don Giovanni y Carmen, a mi entender, la tripleta de mejores producciones jerezanas. El tándem Francisco López-Jesús Ruiz funciona a la perfección en este caso, desde el bellísimo vestuario a la funcional y detallista escenografía, con esos ajados muros de ladrillo que son como la firma de la casa. La luminotecnia consigue momentos especialmente bellos e intensos, como la proyección de la sombra de Julieta en su monólogo del cuarto acto, o las gradaciones de luz en el primero una vez que se encienden y ascienden las lámparas del techo.

Como responsable musical, David Giménez Carreras imprimió un buen ritmo a una partitura que tiende a menudo a hacerse pesada. Si en los preludios de los actos segundo y cuarto el tempo fue algo lento, con un fraseo en exceso edulcorado, en cambio en las escenas más dramáticas hubo tensión y dramatismo. La Filarmónica de Málaga tuvo una noche algo irregular. El comienzo fue desastroso, con un pasaje fugado sin conjunción alguna y con unos violines destemplados y desajustados. Tampoco anduvieron muy finos los metales, con alguna que otra sonora pifia. A cambio, los chelos consiguieron dotar de poesía y ensoñación a los preludios.

Ruth Rosique, al igual que su partenaire, debutaba como Julieta con resultados ambivalentes. A su voz más ligera que lírica le pueden ir bien los dos primeros actos, los más líricos, donde su bella voz y su facilidad para las coloraturas y los agudos pueden dar todo de sí. Una pena, a este respecto, que una contractura muscular le impidiese emitir con el brillo en ella habitual las notas superiores, que sonaron veladas y con resonancias poco limpias. Su fraseo es muy delicado y muy atento a las acentuaciones, aunque a veces tiende a exagerar y a amanerar los portamenti. Donde su actuación flaqueó fue en los últimos actos, que por su dramatismo piden una voz con más cuerpo, con un centro más robusto.

Por su estilo interpretativo, por su capacidad para la matización y para el legato y por la pasión con la que frasea, el repertorio francés es uno de los que más le convienen a Ismael Jordi. En los duetos con Julieta se volcó sobre las frases y las palabras, con momentos tan conmovedores como todo el acto final. Su tendencia a una emisión nasal se evidenció en demasiados momentos de la velada, especialmente cada vez que abordaba la zona de paso. Se está acostumbrado demasiado a abordar las notas superiores con la media voz en vez de a plena voz; si ello puede y debe ser un recurso expresivo puntual de gran belleza, su repetición deviene en amaneramiento y, sobre todo, en perder la capacidad de atacar los La naturales y los Si bemoles a plena voz, como le ocurrió por dos veces en O nuit! y en Ah! Lève-toi.

Impresionante voz la del bajo Vinogradov, que cantó su parte con buena línea. Magnífica también Alexandra Rivas, con un aria cantada con encanto y belleza vocal. Algo rudos de expresión y con voces tremolantes en exceso Juan T. Martínez, Eduardo Santamaría, José A. García y Soraya Chaves. Y más que correctos Borja Quiza y Marco Moncloa. El Coro, para finalizar, tuvo una de las mejores noches que le recordamos, con empaste, conjunción y apenas alguna nota chillada en las sopranos.

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