Una buena simbiosis

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El primer concierto del recién inaugurado 2008 puso en escena a la Orquesta Ciudad de Granada y al coro que lleva su nombre. Ambas formaciones ofrecieron un concierto íntegramente coral, que incluyó dos obras: el Miserere de Vicente Palacios y la Misa en Do mayor de Ludwig van Beethoven. A la batuta estuvo Daniel Mestre, actual director del Coro de la OCG, que contó además con un cuarteto de voces solistas muy homogéneo en su calidad vocal y belleza interpretativa.

Si hay algo que la OCG necesitaba era, precisamente, un buen coro que le diera la réplica oportuna en programas como el de este fin de semana. Poco se puede decir de nuestra orquesta, consolidada desde hace años y de una sonoridad y precisión envidiables por muchas provincias españolas. Pero si Granada ya era un punto de referencia en el panorama nacional gracias a su orquesta, a partir de ahora podrá decirse lo mismo en referencia al Coro de la OCG.

Es verdad que esta formación todavía puede desarrollar más su potencial interpretativo, pero también hay que afirmar que hace tiempo que dejó de ser promesa para convertirse en una realidad musical de la ciudad. Pocas capitales de provincias pueden presumir de tener una formación coral permanente asociada a su orquesta; en el caso granadino, el resultado es un binomio de alta calidad artística que posibilita poner en escena programas tan ambiciosos como el que ocupa esta crítica.

Primeramente, se interpretó el Miserere de Vicente Palacios. La obra se divide en once números, en los cuales el autor desarrolla musicalmente el texto del salmo núm. 50. Vicente Palacios, maestro de capilla de la Catedral de Granada durante las primeras décadas del siglo XIX, desarrolla un lenguaje cercano a la ópera, con claras referencias a autores de su época como Rossini.

Pese a tratarse de una obra religiosa, el autor va alternando en cada número diversas combinaciones de voces solistas, coro y orquesta para desarrollar el contenido del texto. El resultado es una partitura amable, de cierta ingenuidad melódica y armonías muy claras, en la que destacan algunos pasajes por su mayor agudeza compositiva. Tal es el caso del dúo Ecce enim, que interpretaron Raquel Lojendio y Marisa Martins, o del Libera me que estuvo a cargo de la rotunda voz de José Antonio López.

También destaca la delicadeza de la interpretación de Gustavo Peña en el fragmento Benigne fac. En general, el cuarteto solista brilló por su empatía y musicalidad, dentro de la alta calidad vocal de cada cantante. A ello hay que unir el buen papel desempeñado por el Coro de la OCG y la orquesta bajo la ajustada y precisa dirección de Daniel Mestre.

La segunda parte la ocupó la Misa en Do mayor de Beethoven. Fue en esta obra, eminentemente coral, donde el Coro de la OCG pudo demostrar su valía. No es fácil enfrentarse a esta partitura, en la que el coro debe desarrollar su agilidad vocal al tiempo que mantiene un nivel de sonoridad apropiado a las exigencias de la partitura orquestal.

A menudo da réplica al cuarteto solista, y en otras ocasiones completa las ideas iniciadas en las partes a solo. Todo ello hace de su interpretación una considerable prueba de musicalidad y profesionalidad en lo que a las partes de coro se refiere. Pero ninguna de estas dificultades pareció ser impedimento para el Coro de la OCG; con una dicción clara y precisa del texto y una presencia abrumadora en lo musical, llenó el escenario y mereció una gran ovación en el turno de saludos finales. Granada ya tiene un coro para su orquesta.

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