CINE de salón

Yo disparé a Takeshi Kitano

QUIZÁ ya sólo pueda morirme. Preguntado sobre si Takeshis' conformaba la cuadratura de círculo de su cine, el cúlmen de un lenguaje que ya no da más de sí, Takeshi, el cineasta, respondía afirmativamente, en tono grave y casi apocalíptico. Palabras que no hay un Dios que se las crea porque más o menos ya lo vamos conociendo. Se mueve Kitano en esa exigente dualidad del artista de culto, el auteur reverenciado por crítica y cinéfilos de gafas de pasta, y la de esa especie de Milikito nipón adorado por una audiencia sedienta de golpes imposibles, pruebas ridículas y toneladas de humor amarillo. Por una parte esta Kitano y por otra 'Beat' Takeshi, su apodo televisivo y artístico, el hombre de los mass media. La cara del esfuerzo por sacar al exterior un interior virulento y traumático y el rostro del personaje popular asediado por su abrumador éxito. De eso va Takeshis', su peculiar autorretrato abstracto, indigesto en algunos momentos, disparatado y necesario en otros.

Es Kitano un realizador de acusados contrastes. Hasta el momento conocíamos su alma lírica aprisionada en una mirada violenta, un poeta que empleaba tacos en sus versos, aunque ya a brochazos impulsivos había dejado ver ese fino sarcasmo, esa carcajada desdentada que uno confiere a sí mismo y que le aparta de los rigores y compromisos de la pretensión.

En Takeshis' confirma lo que ya atisbábamos en Zatoichi: Kitano cada vez se toma menos en serio, cada vez se ríe más de sí mismo y cada vez parece detestar más el inseparable halo que le rodea. Ese aire de prestigio que en el mundo del cine se ha ganado cualquier producción que provenga de Oriente y que ha provocado que cierto sector de la crítica otorgue premios y menciones sin ni tan siquiera haber visto la película en cuestión.

Y ni falta que hace que Kitano se tome en serio, pensarán quienes hayan tenido la suerte de asistir (y volver a asistir) a su última representación. Una boutade en la que la narración fractal, los pasajes oníricos al más puro estilo de la Carretera perdida lynchiana y la autoreferencialidad se agitan en un cóctel que pareciera emular al 8 y ½ de Fellini y en el que es necesario que las balas y las ráfagas de metralla nos dejen ver el bosque. ¿Crisis existencial o autoparodia bufa? ¿Una abstracción que reflexiona sobre el cine dentro del cine y la decadente Fábrica de sueños (al estilo de La noche americana) o una catarsis para limar asperezas con uno mismo? Sí, no y todo lo contrario, nos dice Kitano, desdoblado en dos personajes que hablan sobre sí mismo, dos caras de la misma persona obsesionada por el mar y su azul eterno.

Está 'Beat' Takeshi, de tendencia violenta y asediado por el éxito hasta el punto de que una jovencita le espere día y noche a la salida del trabajo para felicitarle y entregarle un obsequio de admiradora. Y está Kitano, un tendero pacato y apocado cuya máxima aspiración en la vida es ser seleccionado para un papel en alguno de los innumerables cástings a los que se presenta. Entre medias, una galería de personajes y arquetipos que se repiten (como en su cine) y que van salpicando una serie de secuencias sin aparente conexión entre sí. Genial todo lo relacionado con el universo yakuza; descacharrante la historia del niño geisha; e inolvidable esa batalla playera, con guiños a su Hana-bi, al estilo de Humor Amarillo, un programa que Takeshi protagonizó a principios de los 90.

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