CINE de salón

Un hombre y su destino

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El destino y el azar. Woody Allen reflexionaba sobre estos conceptos jugando al tenis. En Match point, el neoyorquino nos hacía ver que daba igual de qué modo dispusiésemos la partida pues al final era cuestión de que la bola cayese de un lado u otro de la pista. En Detour, Edgar G. Ulmer, unos cuarenta años antes, hurga en esta misma cuestión pero desde una mirada profundamente nihilista, mucho más desamparada que en el caso de Allen, donde el chico guapo se queda sin la rubia cañón aunque logrando salvar su trasero. Aquí no hay medias tintas. El fracasado termina fracasando por imperativo de una fuerza misteriosa, incontrolable, que le señala con el dedo, como se apunta en cierta secuencia de la película. No hay puerta entreabierta a nada parecido a la esperanza. Y sin esperanza, no hay existencia. Todo da igual porque no podemos controlarlo. De ahí su honda convicción nihilista.

Ulmer rodó tres pequeñas cintas en 1945 y una de ellas, filmada en seis días, figura como obra de culto de todos los tiempos. Su hiperactividad y su maestría a la hora de aplicar la regla de oro del menos es más -Detour apenas costó 20.000 dólares de la época- le sirvieron de poco cuando décadas más tarde terminó en la indigencia y con un nombre desfigurado en el firmamento hollywoodiense. El protagonista del filme (Tom Neal), tan desconocido como espléndido actor, fracasó en su vida como fracasa en la película. En la vida real, fue a prisión acusado de asesinar, presuntamente, a su tercera esposa. En la ficción, termina entre rejas por un doble crimen que, en un caso, no cometió; y, en otro, no quiso cometer -cómo borrar de la retina esa escena en la que ahoga con el hilo telefónico a la femme fatal que encarna Ann Savage-. En cualquier caso, funesto destino para ambos. Broma macabra reservada nada más doblar la esquina.

El director de origen astro-húngaro, que importó, a su manera, el expresionismo centroeuropeo imperante -en aquella época también lo hicieron realizadores como Lang o Sirk-, oprime su atmósfera, la impregna de ambientes sórdidos, de miradas furtivas, de seres atrapados en la burla aciaga de su sino. Y convierte a un hombre en pelele, en víctima de la fatalidad, la que puede provocar el destino y el amor. O el dinero. Y lo recuerda en otra frase inolvidable de la película: "Dinero, ya saben lo que es, eso de lo que nunca tienes suficiente. Unos papelitos verdes por los que los hombres se hacen esclavos, cometen crímenes, y mueren. El dinero ha traído más problemas al mundo que nada de lo que hayamos podido inventar jamás". Un refugiado de la serie Z y un cine con una dimensión y una altura filosófica propia de los grandes.

Así es el destino, nadie suele estar donde merece, o donde cree que merece. Y la filosofía ulmeriana recuerda: "El destino, o alguna fuerza misteriosa, puede señalarnos con el dedo, a ti o a mí, sin motivo alguno". Insiste una y otra vez en eso, de forma apabullante, y es tan cierto como que amanece todos los días. Es una de esas frases que conviene tener siempre presente y recordar cuando uno considere que ha conseguido algo parecido a la felicidad. No se puede contar más en tan escaso margen de tiempo.

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