El idiota

  • Desenfocado por Pedro Ingelmo

POR Buñuel (y también porque no hay que ser muy sagaz para darse cuenta) sabemos que no existen los hombres buenos. En todo caso, los hombres idiotas. En su ensayo sobre la banalidad del mal, llamado El idiota moral, Norbert Bilbeny recuerda que "el hombre en sus sentidos externos es 'uno' en apariencia. Pero en el trato consigo mismo es doble en su existencia". No hacía falta que lo dijera Bilbeny, que lo había dicho Stevenson con la transformación de Jekyll en Hyde o más secamente le hacía decir Shakespeare a su Macbeth que "la vida sólo es una sombra que camina (...) un cuento explicado por un idiota lleno de ruido y de furia, y sin ningún sentido". O el más explícito de los idiotas, el príncipe Mishkin creado por Dostoievski para la novela que llamó (naturalmente) El idiota, tan bueno él, todo compasión y que acaba sacando al monstruo que lleva dentro. Denle una oportunidad y ahí aparecerá, salvaje, rabioso y cruel. No, los hombres buenos no existen.

León es un terrateniente polaco que está amasando su fortuna gracias a la invasión nazi. Se queda a buen precio con las propiedades de los judíos que huyen de los asesinos uniformados. Pero no le juzguen mal. León es un buen hombre. No entiende de política. No quiere saber nada de los nazis. El no se mete en nada. Es tan bueno que cuando encuentra en el bosque a Rosa, una judía desvanecida de hambre, la acoge en su casa a riesgo de ser descubierto y purgado. Esconderá a su protegida en un sótano donde no entra la luz del sol. Allí la cuidará, la curará y la alimentará. Rosa se lo dice: eres el hombre más bueno que he conocido nunca. Es el momento adecuado para que aparezca el monstruo. Rosa escapó con su marido de un tren con destino al campo de concentración. Se separaron en su huida. Ahora ella le pide a León que le mande una señal a su marido. Y su marido responde. Pero el monstruo de León se calla. León lucha contra ello y entretanto, mientras tiene esa lucha con su doble, Rosa ha pasado de ser su protegida a ser su prisionera. Se podría justificar con que León se ha enamorado de Rosa y que el amor es uno de los mejores abonos para los monstruos porque el amor nubla, te hace egoísta, porque el amor te hace un tirano. O quizá no sea amor. Porque León dejará de amarla cuando la posea y volverá a amarla cuando la pierda, cuando ella muera de amor por su carcelero, por el tirano León, ese hombre bueno, ese idiota. La película es Amarga cosecha, (1985), de Agniezska Holland, un retrato naturalista de nuestra miseria moral.

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