Una libertaria errante

  • Lumen publica las memorias del exilio de Madame de Staël

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Hace unas semanas hablábamos aquí de Johanna Shopenhauer, madre del susodicho, y de aquel mundo elegante, cordial, frívolo y erudito de los salones de Weimar. Hoy toca hablar de otra dama romántica, madame de Staël, hija del banquero Necker, antiguo ministro de Finanzas de Luis XVI, y poseedora de un cerebro analítico, de una escritura sagaz y contenida, que aplica en estos Diez años de destierro a elucidar las causas de su desgracia, así como la figura, descomunal y enérgica, de su enemigo: Napoleón Bonaparte, conquistador y tirano.

No es el menor de sus logros que madame de Staël viera ya, antes de su ascenso al poder, la peligrosa urgencia y el apetito inmoderado de gloria que dominaba al corso. También se sabe víctima de un arma novedosa e inapelable: la prensa adicta al régimen, que por aquellos días (a la prensa me refiero), llegaba a un ápice de perfección y difusión desconocidos hasta entonces. Madame de Staël descubre con horror, con un horror compungido, que la verdad, a partir de ese momento, es aquello que emana de los periódicos. De modo que las injurias vertidas contra ella y su padre no pueden revocarse, pues nadie se atreve a publicarla en los vastos dominios del Sire. Más que unas memorias del destierro, estas páginas son el ajustado retrato de dos hombres, que inventan el estado policial y la moderna transformación del ciudadano en sospechoso. Hablo de Napoleón y Fouché, ministro de Policía napoleónico, y artífice de las cloacas del Estado. De él es la famosa frase, de inteligencia superior y maligna, pronunciada tras el asesinato, travestido de ajusticiamiento, del duque de Enghien: "Esta muerte es peor que un crimen: es un error". Sin embargo, la violenta inexpresividad napoleónica ya estaba pensando en la campaña de Rusia, e ignoraba aún la terrible matanza que le aguardaba allende los Pirineos. Toda esa Europa en conmoción, amenazada y sumisa, es la que cruza por las páginas, a veces conmovedoras, perspicaces siempre, de madame de Staël. En ellas descubrimos no sólo a la intelectual, a la escritora libertaria, sino a la mujer galante, a la madre solitaria, que añora la mundanidad de París y el rigodón brillante de sus tertulias. Napoleón, ya se ha dicho, aparece aquí como un cometa errabundo, como un titán minúsculo e imperturbable, que traía en sus manos una ofrenda de sangre.

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