Rojo y negro

La llamada de Londres

  • Un volumen reúne los deliciosos artículos en los que Henry James recogió su personalísima visión de la gran metrópoli de finales del siglo XIX

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Se había establecido en Londres en el año 1876, después de una decisiva estancia parisina en la que alternó con novelistas de la talla de Gustave Flaubert, Guy de Maupassant o Iván Turgueniev. Llevaba en la sangre lo que él mismo llamó el "virus europeo", adquirido en los libros y en los frecuentes viajes de su familia por el viejo continente.

Nacido en Nueva York, Henry James obtendría en 1915, un año antes de su muerte, la nacionalidad británica, pero su gratitud, su admiración y su simpatía por la metrópoli donde escribió buena parte de sus mejores relatos y novelas se remontaba muy atrás en el tiempo. A ella le dedicó una serie de textos publicados en periódicos y revistas -parcialmente reunidos en English Hours (1905)- que han sido ahora por primera vez traducidos al castellano, en una edición que recuerda, por la coincidencia del título y su origen circunstancial, al libro homónimo y no menos delicioso -aunque bastante más breve- de la escritora Virginia Woolf, publicado aquí por la editorial Lumen.

Nadie como el narrador anglo-norteamericano, máximo exponente de lo que dio en llamarse novela cosmopolita o internacional, para escrutar, con sus proverbiales dotes analíticas, los mundos dentro del mundo que conformaban la "tenebrosa y moderna Babilonia" del último tercio del siglo XIX -los artículos están fechados entre los años 1875 y 1890-, orgullosa capital de un imperio que abarcaba el planeta.

La famosa capacidad digresiva de James, su estilo solemne y envarado y por ello a veces involuntariamente cómico ("Tengo la sensación de que empleo un tono rayano casi en la jactancia, y no cabe duda de que la mejor manera de considerar la cuestión consiste en decir sencillamente, sin entrar en la traición de las razones, que en lo que a uno respecta tanto le gusta tal parte como cualquier otra"), le da el tono inconfundible a unas observaciones siempre precisas e inteligentes que abarcan el caserío ennegrecido por el humo, el número y la frondosidad de los parques, la Pascua inglesa, el verano en la capital londinense o la vida miserable de los suburbios, por citar sólo algunos de los temas que merecen la reflexión del autor.

Curiosamente, el prologuista ha recurrido para titular sus folios a la memorable canción de Joe Strummer, London calling, y se imagina uno la perplejidad de un hombre como James si hubiera alcanzado a conocer la turbulenta ciudad de la hora punk. Pero aunque las ciudades cambian y los imperios pasan y mudan las costumbres y desaparecen los hombres, hay muchas cosas que permanecen como entonces, cuando el gran escritor neoyorquino recorría las calles londinenses y contemplaba con señales de aprobación o indisimulado desdén el espectáculo innumerable de la ciudad del Támesis.

Poco importa, en realidad. Porque para decirlo al modo borgiano, Londres es menos una ciudad en el tiempo que el fabuloso escenario de una vasta e inabarcable mitología.

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