Lo magistral como definición

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Magistral es la palabra adecuada para definir el concierto de la noche del miércoles. Tatiana Postnikova dio el pistoletazo de salida al piano con el Opus 1 Manual de Francisco Guerrero, una obra extremadamente virtuosística, que exige tanto fuerza física como agilidad para lograr extraer lo bello de la violencia misma. Fue todo un espectáculo ver a Tatiana enfrentándose a su instrumento con un control total de la masa sonora y una comprensión profunda de la partitura. Guerrero nunca deja indiferente, ya que, a pesar de su uso de las matemáticas en la composición y su dificultad técnica, hallamos en su música una gran humanidad y una expresión inmediata, que siempre se balancea entre lo caótico y lo sublime (y es que no son en vano las numerosas comparaciones que se hacen entre el maestro linarense y Xenakis). Los entusiastas aplausos que sonaron al finalizar se quedaron cortos para la hazaña.

De esta pieza atormentada se dio un salto hacia lo jovial con el Concierto de Cámara del mismo autor. En este caso la plantilla, compuesta por un cuarteto de cuerda, clarinete y flauta, resultaba extraña al compositor, y al cambiar su estilo para adaptarse dejaba entrever un resquicio de luz, una concesión a lo primaveral poco frecuente en su música usualmente masiva y dramática. La intervención solista de la flauta resultaba de una delicadeza incomparable, extrayendo sonoridades que podríamos calificar de mediterráneas. En determinado momento, sin embargo, Guerrero parece percatarse de la ensoñación en la que se ha dejado caer, y avergonzado de mostrarse en su desnudez acaba la pieza sin desarrollarla hasta sus últimas consecuencias. Todos queríamos más.

La segunda parte del concierto estuvo dedicada a Luis de Pablo, y quedó algo ensombrecida por la exuberancia de las obras anteriores. Umori y Segunda Lectura resultaron ser más cerebrales, menos dadas a la expresión exacerbada y más formalistas. El conjunto se mantuvo unido en los pasajes más difíciles gracias a la firme dirección de Miguel Ángel Gris, que al ser él también compositor y haber estudiado con De Pablo, demostró saber qué se traía entre manos.

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