Con la merienda al aire

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Ya saben lo que dicen que tira más que dos carretas. El Teatro Alameda registró ayer la entrada más generosa en este espacio en lo que va de festival, con un aforo mayoritariamente joven en el que se dejaba ver, incluso, cierta excursión organizada desde algún instituto de la capital. El gancho, por supuesto, eran seis ejercicios de desnudo en diversas vertientes (barra, mesa, cama, cuarto de baño) que permitían comprobar a los menos excitados otros tantos alcances de estilo de seis creadores siempre interesantes del panorama escénico patrio. En el montaje resultante hay de todo, claro, aunque de entrada, como era de esperar, se dejan ver con más agrado los mejor dotados de humor, inteligencia, equilibro y empatía.

Es el caso de la Bestia feliz de Sol Picó, divertido por la ingenuidad y el cariño que despierta el personaje. Funciona también muy bien In the heat of the night, de Mario Gas, por la ternura que evoca y la discreción con la que desplaza la voluptuosidad que uno espera encontrar en este tipo de manifestaciones a la caricia. El invento de Carles Padrissa, homenaje implícito a Carles Santos, invita también al jolgorio y la distensión, aunque, como ocurre a menudo a La Fura dels Baus, la complejidad tecnológica termina yendo por un lado y la situación por otro. Las piezas de Chávarri y Amargo presentan argumentos atractivos que luego se quedan sin explotar (¿por qué?), y la Noche de bodas de Andrés Lima propone a unos mimos exagerados que no consiguen tanto desconcertar, como parece que pretenden, sino aburrir.

En fin, que cuando terminó el espectáculo hacía frío en la calle y uno echaba de menos algo más de gamberreo. ¿Otra vez será?

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