El refugio del silencio

  • José Antonio Hernández Guerrero retrata en su primera novela el Cádiz de posguerra con un estilo natural que esconde destrezas narrativas de gran altura

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Esta novela, magníficamente editada por la Diputación Provincial de Cádiz, arrastra al lector a la posguerra española, y lo introduce en el seno de una familia con escasos recursos que se sostiene gracias al esfuerzo del padre, vendedor en el mercado e inaugurador de una saga que se refugia en el silencio, y de una madre entregada que es capaz de percibir los matices de ese silencio en cada uno de los integrantes de su familia, de comprenderlos y de apoyarlos.

El silencio de los profetas no es una novela con un protagonista claro, sino más bien, una de esas obras que va recorriendo, poco a poco, sin prisa y sin caer en lo anodino, las vidas de varios personajes que van adquiriendo protagonismo en distintas partes de la novela. La primera de las tres partes del libro presenta a Juan y Ana, padre y madre de Andrés y Carmelo -de los que también se habla-, a Lola, hermana de Juan, a Juana, amiga inseparable de Lola, etc. Se centra, no obstante en la vida de Andrés, que comienza su camino de estudio y de religión en la Bahía de Cádiz, y en las aventuras de Juana y Lola que se van juntas a Madrid. Juana encuentra el amor de Dios; Lola, el amor mundano. Uno de los atractivos de la obra es la oposición que va descubriendo el lector entre el concepto de religión que tienen Andrés y Juana.

Naturalmente, situados en la década de los 40, era inevitable que surgiera el tema político, que se describiera, narrando, la situación irracional de acusaciones sin fundamento y el tremendo desasosiego de aquellos que tenían ciertas inquietudes sociales. El tema político y el religioso se mezclan magistralmente en la tercera parte del libro, después de que el lector se haya metido, en la segunda, en el pellejo de Carmelo, que tiene que convertirse en hombre de la noche a la mañana.

Las técnicas narrativas que utiliza Hernández Guerrero en su novela no son en realidad novedosas. Decía Borges que existen tres o cuatro metáforas imprescindibles. Del mismo modo, el autor de este libro utiliza algunas de las técnicas necesarias en el arte de narrar. Con un estilo natural que esconde destrezas narrativas de gran altura literaria, va introduciendo reflexiones agudas en boca de los personajes, al hilo de diálogos muy bien llevados y traídos. Además de la narración en tercera persona y del empleo del diálogo como eje del libro, existe un tercer recurso novelístico: la epístola. Gracias a esta técnica, el lector va descubriendo confesiones íntimas que de otro modo sería imposible conocer.

El silencio recorre todas las páginas del libro y son analizadas todas sus aristas. Cada uno de los capítulos de la novela está precedidos por una cita que ilumina algún aspecto del silencio y que, obviamente, está relacionado con lo que se cuenta en él. De esta manera, al leer la obra no puede pasar desapercibido el silencio, que se simboliza con la página en blanco y la breve cita.

Sorprende gratamente en el libro el manejo impecable de la ironía en la presentación de uno de los personajes con más cuerpo de El silencio de los profetas: Andrés. El hijo de Juan pertenece a ese género de personajes enajenados, poco sensatos, que nos divierten con sus locuras, con sus delirios de grandeza, y que, al mismo tiempo, nos obliga a mirar su ingenuidad con ojos paternales. Su padre, su hermano o su tía Lola constituyen el polo opuesto a la locura de Andrés.

La maldición que parece perseguir a esa familia a lo largo de generaciones es la relación que existe entre los personajes y el silencio. Tanto es así que se repiten las vidas y la actitud ante el silencio y la palabra. Andrés y su tío -también llamado Andrés- actúan como locos y nunca dejan de hablar, aunque la mayoría de las veces dijeran locuras; Carmelo y su padre no rompían su silencio más que para decir "Me cago en los muertos de todos los que tienen la culpa de esta puta vida"; Ana, la madre de la familia es la única capacitada para escuchar el silencio e interpretarlo. Después de comprobar cómo aquellos personajes que guardan silencio son, en realidad, los más cuerdos, los capaces de interpretar la vida y de apreciar lo verdaderamente importante, no es de extrañar que los profetas -aquellos que lo eran sin saberlo y aquellos que deseaban serlo-, al final de la obra, guardaran silencio.

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