El rostro de la guerra

  • Sangre, sudor y alguna lágrima. Veinte años después vuelve a las salas el soldado sin hogar ni patria, condenado a un combate que eternamente le persigue. Vuelve John Rambo, y lo hace para decir adiós

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Hay pocos actores que puedan presumir de haber creado un personaje icónico, popular de punta a punta del globo y reconocido por espectadores de toda edad, condición y procedencia. Sylvester Stallone ha creado dos.

Tras haber rescatado a Rocky Balboa, con un filme que cerraba, con dignidad y un punto de nostalgia, la historia del boxeador más carismático que ha dado el cine, Stallone recupera ahora a su otro alter ego para despedirle (parece que definitivamente) de las legiones de espectadores que vibraron en los años 80 con las peripecias del soldado que no conoce otro hogar que la guerra.

Han pasado dos décadas desde el estreno de la tercera entrega, ambientada en el Afganistán en guerra con la URSS, y ahora la acción se traslada a la turbulenta Birmania (concretamente en la frontera con Tailandia), un país asolado por una guerra civil entre el ejército y la población que dura ya 60 años y que hace unos meses saltó a las primeras planas de los medios de todo el mundo cuando un grupo de monjes lideraron una protesta pacífica contra los desmanes del Gobierno militar del país.

En ese avispero vive ahora nuestro protagonista, residente de un pequeño poblado tailandés en el que se gana la vida cazando serpientes venenosas y guiando una barcaza por el río, alejado de todo y de todos hasta que un grupo de misioneros cristianos de EEUU irrumpen en su idílico retiro para pedirle ayuda para llevar suministros a los civiles de un pueblecito al que sólo se puede llegar en barca. Pero el riesgo es excesivo y Rambo se niega a acompañarles, no sin advertirles del peligro al que se encaminan. Los misioneros no le hacen caso y, como es de esperar, son capturados. Y, claro, cuando se entera, no tiene más remedio que sacar del armario su arsenal y al soldado al que durante tanto tiempo ha renunciado y partir en su busca.

Dice Stallone, que ha escrito y dirigido el filme, que ha firmado una cinta sin concesiones, que se ha apartado del tono hollywodiense que en algunos momentos tenían las anteriores (y eso que en Rambo III mataba él solo a 72 personas) para aproximarse al verdadero espíritu de la guerra, una guerra que siempre es salvaje, cruenta y muy, muy sangrienta, como así lo atestiguaba el primer avance del filme que se filtró en la Red hace unos meses y que mostraba que Rambo sabe acabar con la vida de un hombre de mil maneras distintas.

Pero, tácticas mortales aparte, lo que el actor-guionista-director pretende con esta película (en la que no está el coronel Trautman, interpretado por el fallecido Richard Crenna) es recuperar el espíritu de la primera entrega, rescatar a aquel soldado cansado y desorientado que volvía a casa después de luchar en Vietnam y que no era recibido como un héroe, sino como un criminal al que había que dar caza.

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