Cine

La soledad del 'otro' cine español

  • El optimismo cinéfilo por los Goya a 'La soledad' se ve enfriado por la realidad

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En su discurso de agradecimiento por el Goya a la mejor película, Jaime Rosales se hacía eco de una generación de cineastas españoles, José Luis Guerin, Joaquim Jordá, Pere Portabella, Marc Recha fueron los autores citados, con los que, en cierta medida, se sentía emparentado y a los que, de alguna manera, él abanderaba recogiendo el premio gordo de una institución que, sistemáticamente, y salvo ocasiones excepcionales o a título póstumo, ha negado carta de naturaleza a ese otrocine español que no se alinea con las tendencias dominantes y el reconocimiento masivo del público, un cine "callado y moroso, un cine del silencio, la distancia y el susurro, un cine insumiso y subversivo", en palabras de Carlos Losilla.

No está de más recordar aquí que, hasta ayer mismo, el número de espectadores y la recaudación en taquilla de La soledad arrojaba unas cifras (41.000 y 229.000 euros respectivamente) con las que resulta imposible subsistir y hacerse visible en la dinámica actual del mercado. Tampoco que el anterior filme de Rosales, Las horas del día, Premio de la Crítica en Cannes en 2004, pasó sin pena ni gloria por las salas.

Querríamos creer que el sorprendente y desconcertante premio de la Academia a una película difícil como La soledad, premio que, recordemos, entregan los propios profesionales de la industria (la crítica ya la había sancionado como mejor cinta española del año), está reconociendo no sólo a una obra excepcional y arriesgada (mucho más allá del asunto de la polivisión, que puede valer, como así fue, para hacer parodia), sino también a esa otra veta de nuestro cine que, lejos de la mimesis imitativa de los géneros o de las fórmulas televisivas, y atenta a la herencia de la modernidad en el cine contemporáneo, aún apuesta sin demasiadas concesiones por la indagación en nuevas formas expresivas y nuevos lenguajes que confirmen el dinamismo y la vitalidad de un cine que deja serias muestras de agotamiento por estos lares.

Querríamos creer que, reconociendo a Rosales y a su cinta, se está reconociendo también el trabajo de jóvenes cineastas (tan jóvenes como los mediáticos Amenábar, Bayona y compañía) como Isaki Lacuesta (La leyenda del tiempo), Pedro Aguilera (La influencia), José María de Orbe (La línea recta), Rafael Cortés (Yo), Mercedes Álvarez (El cielo gira), Javier Rebollo (Lo que sé de Lola), Adán Aliaga (La casa de mi abuela) o Albert Serra (Honor de cavalleria, recientemente incluida, por cierto, dentro de las diez mejores películas estrenadas en Francia según Cahiers du cinéma).

Nuestro optimismo, empero, se ve necesariamente enfriado por la propia realidad de los hechos (sigue vendiéndose el éxito de El orfanato a toda costa), por algunos detalles de contexto (un ejemplo: la categoría de documentales que sigue premiando a la película de tema -Invisibles- por encima de su interés o su calidad formal) y, sobre todo, por el absoluto convencimiento de que hace falta algo más que un par de premios importantes en una gala televisada para conseguir educar al público español, a las instituciones de la cultura y a los medios de comunicación, todos cómplices del status quo, en la diferencia y en la alteridad, en las rugosidades y la resistencia del verdadero arte, en definitiva, como nos recuerda Godard. Mucho nos tememos, lo hemos comprobado en algunos comentarios vertidos hoy en las ediciones digitales de la prensa, que los premios a La soledad pueden incluso volvérsele en contra a una película a la que, pronto, muy pronto, ya verán, atacarán sin piedad los agoreros de siempre, acusándola de elitista o de portar un lenguaje que aleja al espectador de a pie de las salas; ese mismo espectador que, por otros motivos y razones, sigue despreciando con desdén el cine español. El de toda la vida, se entiende.

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