A tiza

Pilar fuertes

Caprichos

Tres de los cuatro barrios más pobres de España se encuentran en Sevilla. Nuestra tasa de riesgo de pobreza es del 32%. Somos la quinta capital de provincia con la tasa más alta, unas 223.000 personas. ¡Ahí es nada! Lean las declaraciones del director de Cáritas, Mariano Pérez de Ayala. Unas estadísticas abrumadoras para el siglo XXI.

Ello me hace echar la vista atrás y recordar. Antes, hace unos años ya, siempre escuchaba aquello de que nuestros hijos tenían todos los caprichos. Que no valoraban nada. Una serie de frases hechas que se me deshacen. "Que sepan lo que vale un peine", "que nadie regala nada"... Nos consolamos como podemos, lo sé. Luchar es bueno, pero no tanto. No tanto. Luchan en casa viendo la escasez económica de sus padres, luchan en la calle ante injusticias sociales por falta de recursos, luchan en las universidades por conseguir becas casi inexistentes ya, por conseguir una nota de acceso a las mismas sin plazas para todos. Luchan los llamados jóvenes emprendedores contra los bancos abusivos y prepotentes, luchan sentimentalmente contra la ausencia de padres que emigran para trabajar...

No es tan malo tener caprichos y conseguirlos, tampoco darlos a tus hijos. Relaja el alma y el espíritu. No los llena, pero calma. Y ante todo da paz, haciéndolos mejores personas. De eso sí estoy segura. Cuando las necesidades están cubiertas el hombre es más humano. El instinto animal, aunque estemos dentro de la especie, se atenúa. Aquello de sacar uñas y dientes se hace real ante la miseria y deja de ser metáfora. Somos más animales, quizá por ello ahora se les defiende más. Se les comprende más.

Esta lucha trae delincuentes, no lo duden. Ahí tenemos las pruebas de países con barrios marginales tan grandes como ciudades. Países en quiebra de todo tipo. La delincuencia juvenil casi siempre nace en los barrios más pobres donde se lucha desde muy pequeño. Donde la guerra es continua y callejera. Donde los políticos no hacen grandes campañas electorales ni giran la mirada. Barrios donde un móvil es un lujo, unas deportivas un placer, un amigo una utopía, un libro un imposible y comer es un "capricho".

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