Abrazando su cruz, caminaba el penitente ensimismado hacia la Santa Iglesia Catedral por la carrera oficial. Todo para él era nuevo. Brillaban en sus ojos la inquietud e incertidumbre del neófito y adolescente. Manteniendo el emparejamiento y la distancia que le ordenaba el diputado canastilla, contemplaba absorto a la multitud silente en la Campana, en Sierpes, en la Plaza de San Francisco, en la Avenida. Recordada como siendo niño había estado con sus padres observando con detalle el transitar único de esa extraordinaria cofradía. Y ahora formaba parte del aquel cortejo procesional tan original.

Era un nazareno anónimo para la gente de la calle, desde luego; pero singular para su corporación. Pues alguien conocía su nombre y su número. Y eso obligaba compostura y no sólo por la devoción debida a sus sagrados titulares. En los pies descalzos sentía el frío de la Madrugada. La vista siempre al frente. A lo lejos sus ojos verían tiritar los cirios encendidos en la noche sagrada de Sevilla a modo de sacra serpiente lúgubre, mientras repasaba y meditaba las oraciones sencillas que su madre le había enseñado desde pequeño. De pronto se dio cuenta que un soplo gélido helaba sus huesos. El silencio se hizo a la sazón más apremiante, al tiempo que la madrugada también más lóbrega. Los cirios ya estaban bajos al pisar el umbral de la Catedral. Y fue entonces cuando escucho por primera vez un sonido agudo y extraño. Parecía el chasquido limpio de unos dedos, pero, ¿para qué?, y ¿por quién? La curiosidad impacientaba el tránsito catedralicio. Hasta que por fin comprobó fascinado y lagrimoso como un diputado nazareno, alto y puntiagudo el capirote, le indicada solemne con la mirada la doble genuflexión ante el altar majestuoso del Santísimo Sacramento.

Y fue entonces también cuando entendió -y ya para siempre- el objetivo final y único de su estación de penitencia. Y lo que aquellos chasquidos, a modo de imperantes órdenes, simbolizaban en el silencio oscuro de la Santa Catedral.

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