Visto y Oído

francisco andrés gallardo

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Por noches salpicadas de Teledeporte, si se acuerdan de zapear en las profundidades de la TDT, encontrarán sesiones de bailes deportivos, una de esas disciplinas que enloquecen en los países del Este de Europa y por Alemania, Austria, atraídos por las convulsiones acrobáticas de sus participantes. En este deporte que aspira en un futuro a ser olímpico los deportistas cambian cierta elegancia de los dotados de los bailes de salón por la eficacia prusiana de la musculación rítmica, como un desfile militar en círculo, perdiéndose la gracilidad acuática de la natación sincronizada.

En los bailes deportivos hay tanta sincronización y cálculo de movimientos que el arte se disipa para convertirse en una tabla de ejercicios. El espectáculo cambia así de carácter. Un desplante de Sara Baras, por ejemplo, encierra más fascinación que media hora de sonrientes rusos sincopados patinando sobre parqué.

El baile (no digamos ya el ballet, la danza, no aptos para todos los paladares) nunca ha prendido en la pantalla española y ya en tiempos más recientes formatos como Mira quién baila despuntaron por la curiosidad hacia los famosos, incluida la nieta de un dictador y promesa ducal que ha sido la concursante mejor pagada en la historia de los televisores. Como en TVE ya sobra algo de dinerillo han comenzado a estrenar a mogollón y se anuncia un Bailando con las estrellas que nos olemos que se estrellará. En #0 han recuperado la danza urbana de Fama a bailar con toda la dificultad de traspasar el interés hacia un público juvenil desde un canal de pago. Más bien ha atraído a los nostálgicos de la anterior andadura de un formato complicado de enganchar a generaciones con canas. La sensación de reiteración cansa al espectador de Fama, lo mismo que le sucede a los trompazos de Ninja warrior, oxigenado por los comentaristas, que le practican el boca a boca, con esa obsesión de horror vacui, a cada agónica participación.

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