Análisis

francisco andrés gallardo

Íñigo y Pippi

Hay nombres que al tirar de la memoria se traen una ristra de recuerdos que se van agarrando los unos a los otros como aquellas largas vacaciones infantiles de 1975, cuando Uri Geller comenzó a romper cucharas en el televisor. La sugestión del israelí trajo la alarma de un puñado de espectadores que llamaron por teléfono y se fueron presentando por los centros territoriales de TVE para informar de cubiertos doblados y relojes resucitados. Parecían millones, pero sólo fueron unos cuantos casos de asombro, capaces de embobar y embaucar a un país familiar tras un caluroso sábado en la playa. Aquello era Directísimo y el público sabía que en aquel programa podía suceder cualquier cosa. En la televisión de entonces apenas pasaba realmente nada.

Hasta las abuelas de la guerra le tenían aprecio al distinguible bigote de Íñigo, tan amable, sonriente y sereno, que llevaba al plató forofas (como una señora del Orense C.F. que fumaba puros y tocaba los platillos) o señores que sabían mucho, vamos a suponer, de la crianza del escarabajo. En Directísimo, Estudio abierto en La 1, había sitio para lo llamativo, lo curioso o lo esotérico sin importar el personaje. Tras un vecino sevillano que le sacaba música a un palillo de dientes a continuación podían aparecer en tertulia Fernando Rey y Lola Flores, con lo que así brillaban más. Chema trataba a todos por igual y echaba su sazón de polémica, de espectáculo. Llegó a ser muy poderoso y le sobrarían desplantes ufanos. Eso le pasó factura.

Íñigo garantizaba un trozo de diversión desde el Estudio 1 de Prado del Rey. Hacia allá se trajo un día a Pippi Calzaslargas y en lugar de la niña de las trenzas apareció a medianoche una adolescente sueca que dejó cortados a los escolares que se aglomeraban en el plató. Me sé de uno que se quedó con las ganas de estar ahí. De no haber mediado doce horas de tren se hubiera plantado ante Inger Nilsson. Ya sabía entonces ese inventor de programas en su imaginación que un día escribiría esta columna de cuando Íñigo nos enseñó lo deprisa que iba el tiempo.

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