Punto crítico

Setefilla R. Madrigal

Titulitis

Hace unos cuantos años atrás, miren ustedes a sus espaldas, esto del currículum era una teoría sin desarrollar, una fase beta exclusiva con la que sólo unos pocos podían rellenar páginas en blanco adornadas con los hitos más fehacientes de su vida laboral. Antes, las entradas de nuestros padres o abuelos en las empresas se reducían a un escueto tener ganas de trabajar y valer para ello. Panacea universal que les abría las puertas de un gran compendio económico a unos chiquillos que apenas pasaban de los 17 años. En aquel principio se iba asentando poco a poco la rutina y la praxis, con el paso de los días, fruto del desempeño y de la buena educación. Pa qué más. Entonces, aquel zagal imberbe con ganas de sobrevivir por sí mismo, casarse y tener hijos escalaba poco a poco, a pulso y sin golpes de suerte y, pasado el tiempo, al borde de su jubilación anticipada por esto de la crisis, alcanzaba ya uno de los puestos de responsabilidad laboral dentro de la entidad. Como consecuencia directa de la observación y los errores subsanados, del esfuerzo y de la constancia, del conocimiento directo que te da el estar mucho antes que otro. Así ocurría y así se movía el mundo hasta que nos volvimos tarumbas con esto de condensar todo lo que somos en apenas una página, una porque dos con toda la competitividad que tenemos ahí fuera, dos es abrumar al todopoderoso departamento de recursos humanos, muy humano. Desde ese entonces en el que uno debe coleccionar másteres como el que colecciona estampitas, o prácticas en holdings prestigiosos donde nadie supo nunca cómo se llamaba, hemos perdido un poco el norte.

Ya no vale lo que uno haga ni siquiera si lo hace bien, ahora lo que prima es que esté certificado para ello. En la mayoría de los casos esta certificación viene acompañada de un monto generoso que es como cuando el cura te pide la voluntad. A más, mejor o, lo que es lo mismo, cuanto peor, mejor para todos, retórica de nuestro tiempo que ni el mismísimo Adam Smith. De lo que se deduce que quien tiene, puede. Dejando a un lado la capacitación, las ganas, el talento, la simpatía o la destreza. Obviando la forma en la que siempre ha funcionado todo, y muy bien, por cierto. Eludiendo el conocimiento para abrir paso al papeleo -convertido siempre a PDF- que parece que eso es lo que más nos importa ahora.

Voy a confesarles algo. Yo también hice un máster y un TFM que me llevó mucho tiempo y como a la gran mayoría de ustedes no me sirvió absolutamente para nada.

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