Juan Antonio Carrillo Donaire

Profesor de Derecho. Abogado

La 'auctoritas' de Don Manuel

Mi padre sólo llamaba de usted a quienes habían sido sus Maestros y él identificaba como tales. Era su peculiar forma de expresar respecto y admiración por quienes tenían autoridad moral sobre él. En casa, Manuel Olivencia fue siempre D. Manuel.

La auctoritas de D. Manuel sobre un espíritu tan libre y una voluntad tan indómita como la de mi padre era incuestionable. Sólo así se explica, por ejemplo, que aceptase formar parte de su equipo de trabajo cuando fue designado Comisario de la Exposición Universal de 1992, o que mi padre dimitiese inmediata e irremisiblemente cuando él le transmitió su propia dimisión, uniendo su destino al de D. Manuel sin preguntar siquiera los motivos de su decisión.

Muchas veces en la vida pude comprobar la profunda corriente de admiración, amistad y lealtad que había entre ellos; y que, andando el tiempo, hice de algún modo mía y compartí también con su hijo Luis, conscientes ambos de que los afectos puros pueden ser un precioso legado de nuestros padres.

Cuando preparaba mi memoria de acceso a mis oposiciones de profesor en la Universidad de Sevilla, mi padre me pidió que leyera el discurso que D. Manuel había pronunciado poco antes en el solemne acto de apertura del curso académico de la Universidad de Sevilla, en el finisecular curso 1999-2000: "De nuevo, la lección Primera". Una pequeña obra maestra sobre su disciplina y sobre el Derecho como ciencia. Aquella lección inspiró mi propia lección primera, y desde entonces figura entre las obras escogidas que recomiendo a mis alumnos.

Guardo ese discurso dedicado por el propio D. Manuel, junto a las muchas cartas que desde entonces nos intercambiamos a propósito de muy variados temas y encuentros. Siempre contestó con una deferencia inmerecida cualquier mensaje mío en el que le participaba un proyecto, un trabajo académico, o en el que le pedía apoyo para cualquier causa. Nos unía la afición por los toros, y no dudó en presidir el Congreso que unos jóvenes profesores de la Universidad de Sevilla quisimos organizar sobre los Fundamentos y la Renovación de la Fiesta en 2010, bajo el auspicio de la Real Maestranza. En el prólogo que escribió para el libro que salió de ese Congreso desliza una de las claves que, a mis ojos, marcaron su existencia: la Universidad como fuente de inspiración, como alma mater y hálito de las ideas que justifican una vida.

Guardo como un tesoro sus consejos, muestras de una sabiduría y de un ingenio sin parangón, que me daba siempre con prudencia y, lo que para mí era más prodigioso, tratándome como si yo fuese un igual. Muchas veces me han dicho jóvenes abogados de su despacho, algunos de ellos también alumnos míos, que sintieron siempre esa deferencia de trato igualitario por quien era un gigante del Derecho ante quienes no éramos sino unos simples aprendices. Era esa una de sus grandezas, que nacía de una honestidad intelectual que todos sus discípulos reconocen.

Tengo para mí que aquella auctoritas de D. Manuel sobre mi padre se alimentaba de la coherencia que él apreciaba en sus determinaciones vitales. En la comunión que une a quienes saben que apostaron su destino por una comunidad de valores de arraigo profundamente universitario y por un compromiso ineluctable con los principios democráticos y humanistas que ambos compartían y que D. Manuel puso siempre al servicio de los demás y de la España y la Andalucía que ayudó a transformar. Auctoritas y coherencia moral, porque la segunda es la fuente auténtica de la primera.

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