Visto y Oído

francisco andrés gallardo

La chirigota

En esta vida de píldoras y palomitas en que se ha convertido el visionado televisivo los vídeos carnavaleros encajan en cualquier informativo. Será por la abusiva reiteración de temas que muchos programas de Madrid han encontrado aire fresco en las agrupaciones del Gran Teatro Falla, que empezaron a cantar tras los Reyes, aunque no sepan distinguir por allá entre una chirigota y un cuarteto. Cataluña es ahora sólo cerrazón y Andalucía sigue siendo el tópico de la chispa, aunque algunos de esos fragmentos rescatados por los canales, como la decapitación de Puigdemont, no sea de lo más ocurrente que ha pasado por el escenario.

El Carnaval de Cádiz, que ya abarca como identidad a toda Andalucía, está ahora mucho más presente y de ahí que no pasara de largo el antipático cuplé sobre la hija de Jesulín de Ubrique a cargo de una chirigota sevillana. Por supuesto enseguida salta un abogado al calor de las portadas de la princesa.

La libertad creativa de los autores de Carnaval, la mayoría de ellos semiprofesionales, no puede estar coartada pero el propio sentido del gusto y también el sentido común criban sobre qué merece la pena reírse, aunque pudiéramos reírnos de todo. Con la cantidad de personajes públicos y hechos que suceden a diario, más un vocabulario y un imaginario popular que se presta a todos los juegos posibles, es un tanto inoportuno fijarse en la estética de una joven que tiene 18 años. Podríamos reírnos de Andreíta pero sería más ingenioso sacarle punta a sus padres, que sí son personajes de la vida pública.

El buen humor es el que va de la mano del ingenio y es el que se enfrenta al poderoso, el que caricaturiza al fuerte. Para reírse de una joven ya está cualquier niñato envalentonado. Para reírse del alcalde de Cádiz o de la presidenta de la Junta de Andalucía, por ejemplo, ya no hay tantas agrupaciones valientes. Ni ocurrentes. Podemos reírnos de todo, pero hay asuntos que nunca merecerán la pena. Más que la autocensura, el Carnaval de Cádiz está lastrándose de autocomplacencia.

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