Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

Una cuestión de calado

Las transformaciones del río han hecho a la ciudad. Perder el Puerto es perder el ser

El Puerto de Sevilla ha renunciado al dragado de profundización del río. Realmente todas las instituciones competentes ya habían dictaminado hace tiempo que no era viable desde el punto de vista medioambiental. Perjudicaría irreversiblemente al estuario del Guadalquivir. Durante un par de décadas lo han intentado, pero la marea ideológica estaba en su contra. Ahora toca buscar otra línea estratégica para defender el Puerto de Sevilla. Ojalá actúen en consecuencia los responsables y acierten en esta ocasión porque Sevilla necesita el Puerto, tanto como esencia de fundación y existencia de la ciudad como actividad económica.

Las idas y venidas sobre el tema del dragado en cierto modo han recordado los intentos de las delegaciones que nuestra ciudad hizo en la corte durante el siglo XVIII para recuperar el monopolio de la Contratación con Indias. Este privilegio se perdió el 12 de mayo de 1717 cuando Felipe V firmó el decreto por el cual la Casa de Contratación, hasta entonces situada en Sevilla, se trasladaba a Cádiz. Pero en realidad fue una decisión que remató un proceso que estaba en marcha durante parte del siglo XVI. Los barcos se hacían mayores y el río hubiera necesitado más calado. Cádiz les daba ese calado y mucho antes de la pérdida del privilegio, los barcos ya estaban en el puerto gaditano.

A lo largo de todo el siglo XVIII siguió la polémica. Tanto es así que una de las cuestiones que los notables de la ciudad le plantearon al recién nombrado asistente de Sevilla en 1771, don Pablo de Olavide, fue que, dada su buena relación con el Rey, intercediera para que retornara la Casa de Contratación a Sevilla. Para entonces ya era inútil, aunque en Sevilla seguíamos mirando hacia atrás.

La marcha de los tiempos y el crecimiento del comercio con todas las ciudades americanas entre sí y con Europa aconsejaban la desaparición del monopolio de una sola ciudad. Y así ocurrió. En 1790, el Rey decretó la suspensión de la Casa de la Contratación como institución. Cuando en Sevilla parecía que aún se seguía suspirando por ese privilegio, la realidad era la liberalización del comercio marítimo.

Pasada página, ya no es cuestión de mirar hacia atrás. Ahora toca afrontar nuevas estrategias. Pero, en mi opinión, hay que tomar como punto de partida un hecho incuestionable: los cien kilómetros de cauce navegable del río Guadalquivir son un hecho singular en España. Y deben ser protegidos como vía natural de navegación como hecho cultural e histórico y como factor de identidad y económico para Sevilla y todo su entorno. No debemos dejar que una cuestión física de menor calado en el cauce del río traiga consecuencias del máximo calado para la ciudad.

Ya una vez nos empeñamos en volver a ser lo que fuimos, sin saber leer que las aguas de la historia lo arrastran todo. Como he escrito en otra ocasión, recordando a Azorín, podemos decir: "Desde el pretil del puente veo correr las aguas hacia el mar. Aguas cauce abajo. Arrastran la historia de una ciudad". Las transformaciones del río han hecho a la ciudad que habitamos. Perder el Puerto es perder el ser.

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