Juan Ignacio Zoido Álvarez

Ministro del Interior

La humildad de un maestro sencillo

Lo repitió, una vez más, hace apenas un mes, al recibir un merecido Premio Plaza de España por dejar una huella indeleble en generaciones y generaciones de abogados y economistas. "No soy más que un humilde jurista que tiene la fortuna de que sus maestros le llamen compañero". Así era Manuel Olivencia, modesto pese a ser un referente del Derecho; tan renovador como respetuoso con el pasado; siempre pionero pero asentado sobre unos sólidos pilares.

Y esos valores los transmitía con la naturalidad de quien cree en lo que dice y además sabe expresarlo con un verbo preciso, certero y sencillo, sin necesidad de pontificar. Podría decirse que enseñaba por ósmosis, con la suavidad de quien no pretende hacerlo pero también con la certeza del que tiene tanto que transmitir, y además disfruta haciéndolo.

Jamás podré olvidar, porque aquella época me marcó profundamente hasta el punto de forjar todo el futuro, aquellos años en la Facultad de Derecho de Sevilla donde tuve el privilegio de aprender de Manuel Olivencia, Manuel Clavero Arévalo, Jaime García Añoveros o Miguel Rodríguez-Piñero, entre otros grandes catedráticos. Sus enseñanzas, en las aulas y fuera de ellas, siempre transmitían ese espíritu de la Transición de entendimiento, diálogo, consenso, renuncias bien entendidas y capacidad para centrarse en todo lo que nos une en lugar de destacar aquello que nos puede separar.

Enumerar los logros de su variada y prolífica carrera profesional resultaría eterno, pues hizo mucho y todo lo hizo bien, por lo que es una figura admirada, respetada y prestigiosa en el mundo del Derecho, en el ámbito universitario y en el del servicio público, a nivel nacional e internacional, pues el Código Ético y de Buen Gobierno conocido como Informe Olivencia constituye un legado irrepetible.

Y lograr todo esto, siempre desde la humildad y un finísimo sentido del humor, está al alcance de muy pocas personas. Cultivaba la ironía, que como escribió Jacinto Benavente es una tristeza que no puede llorar y sonríe, y le brillaban los ojos de orgullo al hablar de su mujer y sus hijos, pero siempre se le humedecía la mirada cuando recordaba a Luis Manuel y Javier.

Contribuyó decisivamente a la construcción y éxito de la Exposición Universal de Sevilla de 1992, que sin él nunca hubiera sido lo que fue, un hito que, como a él siempre le gustaba recordar, proyectó la imagen de una nueva España constitucional, democrática y moderna y convirtió a la isla de la Cartuja en "la plaza mayor de la nueva aldea global".

Afortunadamente, en ocasiones la vida te concede la oportunidad de honrar a Ulpiano, que sostenía que "la Justicia es el hábito de dar a cada cual lo suyo", y, por aquella inmensa contribución universal a Sevilla, o al mundo desde Sevilla, Manuel Olivencia recibió en 2012 el título de Hijo Adoptivo de la ciudad junto a Emilio Cassinello, en la misma ceremonia en la que otro alumno suyo, Felipe González, fue nombrado Hijo Predilecto.

Manuel Olivencia se ha marchado, dejando un poco huérfanos a todos sus alumnos y a quienes hemos aprendido y admirado su inmenso legado de sabiduría y bondad, y tal vez no haya mejor epitafio que el que él mismo dictó sin saberlo al recibir el galardón que lleva el nombre de su admirado amigo Manuel Clavero Arévalo: "Sólo hemos prestado a España el servicio que se nos ha pedido".

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