ALFONSO CASTRO

Decano de Derecho de la Universidad de Sevilla

La quintaesencia del jurista, o de don Manuel Olivencia

Hombre ejemplar y jurista superdotado, gran orador y uno de los que mejor han escrito

El Derecho es misterio, una de las formas que toma el amor para obrar entre los hombres. Esta frase de Carnelutti, que hicieron suya Juan Iglesias y algunos otros de los mejores juristas europeos del siglo XX, esencia quizás como pocas la substancia de este oficio nuestro en sus múltiples formas, tan golpeado en los últimos tiempos por quienes lo consideran un estorbo, apenas una barrera a derribar que expresa intereses ocultos (o sea, intereses que no son los suyos). A veces ese enigma del derecho como forma de amor, como misterio substantivo que expresa el misterio mayor de la vida, se sitúa ante nosotros, encarnándose en una figura, carne, pálpito, alma. Ninguna ciencia hay más personal, más humana, que el derecho, ciencia de hombres para hombres, abocada a resolver problemas reales y cotidianos. Cuando ese misterio se encarna en un hombre, y no puede hacerlo sino desde la ejemplaridad, sólo entonces, estamos ante un auténtico jurista, aquel que Cicerón consideraba ya en el siglo I a. C. (su casa misma, desde el vestíbulo y la puerta) oráculo de la ciudad: est enim sine dubio domus iuris consulti totius oraculum civitatis (De orat., I, 45, 200). Pocos juristas vivos (hasta hoy mismo vivo, vivo siempre ya en nuestra memoria) encarnan con mayor transparencia este misterio de la vida que es el derecho, esa impronta oracular que impregna a todo jurista digno del nombre, que don Manuel Olivencia.

Hay algo en don Manuel que recuerda (entre las muchas otras cosas que los separan) a su ilustre paisano, Vicente Espinel, autor de esa maravilla que es la Vida del escudero Marcos de Obregón (1618), hombre cultísimo y refinado, inventor de la décima o espinela, que elevaron a cumbres poéticas algunos de los más grandes poetas españoles de todos los tiempos, de Lope de Vega a Jorge Guillén, poeta él mismo, vihuelista y cantor cuyos cánticos religiosos aún se dejaban oír a fines del siglo XVII en las iglesias de la Ronda en que ambos nacieron, célebre porque en su arte dejaba transitar el aroma de la vieja tradición, modulado con acentos nuevos: justo como don Manuel en su quehacer jurídico oral y escrito durante casi tres cuartos de siglo. Decir que fue sin duda uno de los intelectuales que mejor han hablado en público y uno de los juristas que mejor han escrito que la vida le ha dado a uno conocer, fuera y dentro de una España a la que él amó y sirvió dentro y fuera de nuestras fronteras, apenas rebasa el terreno de lo previsible para cualquiera que lo haya escuchado o leído. Pero en la vida conviene recordar lo obvio y conviene recordarlo por escrito: si el jurista se sirve de la palabra para ser quien es (ius dicere), debería ser un orador (no siempre fue así, aunque sí en los magmáticos orígenes de nuestra ciencia) y un escritor por naturaleza (como fruto de una evolución natural en toda ciencia humanística) y si no es una de esas cosas no será en puridad la otra ni la suma en que ambas, al unísono, se expresan y potencian. Don Manuel fue un jurista ejemplar porque en él se armonizaron estos valores distintivos del hombre de derecho en grado sumo, junto a aquel otro a cuya conquista suelen circunscribirse -quizás inevitablemente y sin duda por desgracia- tantos hombres de leyes de las generaciones siguientes: el dominio técnico de la disciplina a que consagran sus esfuerzos. No es necesario ponderar que en esta parcela la obra como investigador y práctico del derecho de Olivencia permanecerá como una referencia segura, elevándolo a la categoría de mercantilista histórico, como otro mercantilista andaluz hijo de nuestra Facultad de Derecho de Sevilla, Pedro Sainz de Andino.

El inicio mismo de la Relación primera de la vida del escudero me ha recordado involuntaria e inmediatamente la figura de don Manuel temprano en la mañana de este 1 de enero, al enterarme de su muerte. "Este largo discurso de mi vida, o breve relación de mis trabajos, que para instrucción de la juventud, y no para aprobación de mi vejez, he propuesto manifestar a los ojos del mundo". Una vida parece esenciarse en unos pocos datos (muchos, en una vida tan llena como esta) y ahí queda tendida hacia el futuro de quien puede mirarla e inspirarse en ella, pero eso es siempre la punta de un iceberg cuya verdad transita siempre bajo las aguas, en el día a día, en las cualidades que imantan al hombre y devuelven su imagen a los demás. Los ojos de quienes nos miran a diario son los que translucen lo que somos en verdad. Catedrático de Derecho mercantil de la Universidad de Sevilla desde 1960, donde fundó escuela y dejó honda huella, Decano de Derecho y primer Decano de Económicas en Sevilla, las dos mejores Facultades en su género de España, fundador del bufete Olivencia-Ballester y abogado mítico, son sólo eslabones en los que apenas se engarza una parte de la verdad de este hombre ejemplar y jurista superdotado, que supo reaccionar con una emocionante entereza en el dolor a los golpes dados por la vida (dos hijos perdidos, uno de ellos, el inolvidable Luis Olivencia, hace sólo unos años).

Quede como testamento intelectual y vital la magnífica entrevista que le realizó Alberto Díaz Moreno, filmada por Víctor Vázquez hace sólo unos meses para el Archivo Fílmico de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, que hemos puesto en marcha para conmemorar los quinientos años de vida de nuestro centro, activo ya en 1518 en la Puerta de Jerez de nuestra ciudad, cuyo prestigio nacional e internacional se construyó gracias entre otras cosas a la labor de maestros como él, forjadores de vocaciones ellas mismas nutritivas, galvanizadoras (y bastaría recordar aquí el nombre de Guillermo Jiménez Sánchez).

No deja de producir escalofrío el hecho de que el primer día del año en que celebramos el Quinto Centenario de la Facultad se abra con la noticia dolorosa de la pérdida del gran maestro. Es parte ya don Manuel de su mejor historia, ahora, sí, de modo definitivo.

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