Los ritos del Pregón

En los afectos al pregonero se ha evolucionado a una agenda sin mesura

En tiempos de nuestros padres y abuelos se valoraban mucho las dinastías. A los toreros y a los futbolistas los numeraban, igual que a los Papas. A veces la sucesión no era de padres a hijos, ni entre hermanos, sino de cuñados, primos, o simplemente por ser amigos con derecho a herencia. En las cofradías hubo (y quedan) dinastías de capataces históricos, como los Ariza. Si aplicamos esta medida dinástica a los pregoneros, el de este año, José Ignacio del Rey Tirado, sería Del Rey III. Antes que él fueron pregoneros su tío José María del Rey Caballero, también conocido como Selipe, en 1952, y su hermano Eduardo del Rey Tirado, actual hermano mayor del Silencio, que fue pregonero en 1999.

Un caso muy comentado fue el de Juan Moya Sanabria, pregonero en 1989, como su padre, Juan Moya García, lo había sido en 1963. Otra curiosidad familiar es la de Lutgardo García, pregonero en 2015, cuyo suegro, José María Rubio, lo había sido en 1991. Todo eso no ocurre por casualidad, como no lo es que algunos hermanos mayores emulen a sus padres; o que la dinastía se repita en otros ámbitos. Se debe a que la familia es el núcleo esencial de las hermandades. Las generaciones se suceden, como una seña de identidad, en el amor y las devociones.

El Pregón, en los últimos años, ha evolucionado. José Ignacio del Rey Tirado tendrá hoy la responsabilidad de ofrecer un mensaje a la ciudad para anunciar la Semana Santa. Detrás quedan los ritos con los que el pregonero es agasajado, en una mezcla sui generis de cariño, aprecio, ojana y no se sabe qué más. En esos afectos, se ha evolucionado a una agenda sin mesura. Antes bastaba con las tapas del Pregón, que entregaba la tertulia El Cirio Apagao en su feudo trianero del Bar Manolo. Tampoco se podía obviar la recepción casera del croqueteo a las autoridades, cofrades y gente que pasaba por allí, que se ha simplificado por causas justificadas. Tan justificadas como que este año José Ignacio del Rey hizo dos turnos: uno para autoridades y otro para los amigos. Por lo demás, al pregonero se le regala todo. Menos el pregón, claro, que se lo trabaja el designado.

Pocos han resistido la tentación de reducir la agenda. En esto, como en otros aspectos de las cofradías, hay una desmesura, que lleva a confundir lo superfluo con lo oportuno. Y como se sabe que en el fondo y en las formas se hace con cariño, la agenda del pregonero sigue creciendo.

Además, le toca soportar las polémicas inevitables por el aforo, que siempre debería ser el triple. Al final, la Banda Sinfónica Municipal, dirigida por Francisco Javier Gutiérrez, interpreta Amarguras, y esas campanitas de San Juan de la Palma (mariposas en el estómago) hacen saber al pregonero que ha llegado la hora de su verdad.

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