francisco correal

Un viaje al Caribe con Daniel Olivencia

El hombre que nunca se repetía. Una charla, un encuentro fortuito, una entrevista, una conferencia, un saludo protocolario. Cualquier ocasión de coincidir con Manuel Olivencia Ruiz era una oportunidad para aprender. Un magisterio que pulió el rigor académico pero se forjó en la vida. La primera vez que lo entrevisté fue en 1979 para un suplemento sobre Seguros que publiqué en El Correo de Andalucía. Ese mismo año fue el rey Melchor en la Cabalgata del Ateneo, compartiendo honores de Epifanía con Ramón Espejo Pérez de la Concha y Valentín Álvarez Vigil.

Cuatro décadas después sus nietos lo echarán de menos el día de Reyes. Dos de ellos, Inés y Álvaro, fueron testigos de excepción de la medalla de honor que su abuelo recibió el 27 de noviembre del Colegio de Abogados al que pertenecía desde el 20 de marzo de 1960. Inés y Álvaro son hijos de Daniel Olivencia, el pequeño de los cuatro vástagos del catedrático de Derecho Mercantil. A Daniel lo conocí en unas circunstancias que le gustaba recordar a su padre. Yo iba como periodista y él como estudiante en la segunda edición de Aventura 92, el empeño de Miguel de la Quadra Salcedo por reeditar los viajes de Colón a bordo del J.J. Sister, barco de la Compañía Transmediterránea que el aventurero y reportero de guerra rebautizó Guanahaní.

En una de las escalas oí a un joven de cabello rubio que intentaba saber a través de Radio Exterior cómo había quedado el Ceuta. ¿Tú eres familia de Olivencia?, le pregunté. El color de su pelo y la pesquisa ceutí eran buenas pistas. Con los años, Daniel Olivencia se convertiría en un buen abogado. Aquel viaje tuvo lugar en septiembre de 1988, coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Seúl. Todavía conservo la sudadera de Aventura 92, con la mascota del tucán. Una perfecta metáfora del sueño que llevó a Olivencia a abandonar durante siete años su bufete y su cátedra para entregarse al encargo que le hizo su antiguo alumno Felipe González Márquez. Con un equipo de valientes, abandonó la zona de confort de la cátedra y de las togas para adentrarse en una jungla de terrenos y de papeles. Como el personaje de la novela de Álvaro Mutis, el brillante profesor, el primer decano de la Facultad de Económicas se adentraba en un piélago de empresas y tribulaciones en la polis de las prisas y las envidias.

Vivió siete años apasionantes, la puesta en marcha de una quimera. Un tren de alta velocidad del que al final decidió bajarse en marcha, pero el resultado final no se entendería sin sus desvelos, sin su incansable proselitismo. Nació en julio de 1929, dos meses después de que muriera Aníbal González, que como él también se apartó del tramo final de la Exposición Iberoamericana. Hizo bien Zoido en componer un podio de sevillanos de cuna o adopción en el que estuvieron juntos Olivencia y Emilio Cassinello, su sucesor, y con ellos Felipe González, el alumno que sacó 202 diputados en las elecciones del 82. La Expo de Olivencia no se entiende sin la de Pellón y viceversa. ¿Por qué siempre hay que elegir entre Velázquez o Murillo, extrapolando el debate Messi/Cristiano? En Sevilla no gusta sumar ni multiplicar, es dada a restar y dividir. La relación de Olivencia con Felipe, el maestro y el discípulo, fue tensa y apasionante, como la de Narciso y Goldmundo en la novela de Herman Hesse.

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