La tribuna

Juan Daniel Ramírez / Catedrático De Psicología De La Comunicación / De La Universidad Pablo De Olavide

Absentismo escolar y cultura del esfuerzo

ABRIR vías alternativas para aquellos estudiantes que no se adaptan a la actual Secundaria, como propone el Defensor del Pueblo, puede ser una solución ingeniosa. Llevamos demasiado tiempo engañándonos sin tomar medidas serias para evitar no ya los altos índices de fracaso escolar sino algo más peligroso a la larga: la exclusión social.

Sin embargo, una solución de estas características tendría que ser provisional, sólo para salir al paso del mal estado de nuestra educación que, lamentablemente, empuja a un elevado número de estudiantes de Secundaria al absentismo en un futuro marcado por la falta de oportunidades laborales.

Pero la cuestión clave sigue siendo la misma de siempre ¿Hay algún estudiante que se adapte al sistema actual o simplemente se ve impelido a hacerlo con ayuda externa, cuando no con la presión pura y directa de su entorno familiar, para sobrevivir en la escuela-mundo?

Hasta hace muy poco la educación no parecía preocupar a la sociedad española. Cuando se pensaba en su baja calidad el pensamiento más generalizado se plasmaba en fórmulas ramplonas ("no importa, la vida pone a la gente en su sitio", "ya espabilará", etc.). La filosofía del español medio sobre este asunto es bien sencilla: el desarrollo es algo natural y, por tanto, para qué intervenir, y la vida es como es, cada uno sabrá adaptarse al lugar que le toda, es el destino, etcétera.

Son los viejos tópicos de siempre sobre la educación y el aprendizaje. Como lo es ese otro enquistado en todos los debates, públicos y privados, que, si algo tiene de interés es poner de manifiesto el desconocimiento al respecto de nuestros intelectuales mediáticos.

Me refiero a esa opinión tan propia de la derecha con un alto grado de predicamento entre sectores de la izquierda, según la cual la escuela no funciona porque a niños y a jóvenes les falta la cultura del esfuerzo. Para ciertos aspectos de la vida esta opinión tal vez pueda tener algún valor; para la educación española, desde luego que no. Que yo sepa casi nadie se ha parado a analizar algo que, pura y llanamente, es un prejuicio. Pero, a fuerza de repetirse machaconamente, todo prejuicio adquiere la forma de un argumento.

Por experiencia propia he comprobado dos hechos que diferencian negativamente a nuestro sistema educativo del resto de los países de nuestro entorno. El primero, el tiempo dedicado a los deberes fuera del horario escolar; el segundo, la complejidad de los mismos. Un escándalo. Es tal la cantidad y, lo que es peor, su complejidad, que las clases particulares y las academias privadas se han convertido en el cuarto pilar del sistema educativo, después del público, el privado y el concertado. Posiblemente sólo los hijos de los profesores de Secundaria y Bachillerato se salven de la aberración que supone volver a repetir una jornada escolar por la tarde sólo un poco menos corta que la de la mañana. En este sentido, nuestros institutos me recuerdan al antiguo sistema público de salud. Primero íbamos al médico del seguro, pero como no nos fiábamos del diagnóstico, recurríamos a la medicina privada.

Más valdría para su salud y su educación sentimental que los niños emplearan una parte de ese tiempo en hacer deporte o cualquier otra forma de ocio creativo.

En tales condiciones, no se necesitan demasiadas conjeturas para llegar a entender que los hijos de familias con recursos económicos escasos, sin acceso a ese cuarto pilar, están condenados. Habría que investigar cuánta de la agresividad que se genera en las escuelas está relacionada con el hecho de verse y sentirse fracasado de antemano.

El resultado es un ejerció de cinismo. La escuela pública se guía por el principio de igualdad para todos. Así pues, un supuesto nivelador social. Cada individuo se desarrollará según sus capacidades personales y planes de futuro. A partir de esta premisa, tan liberal en el mejor sentido de la palabra, se introduce una variable algo más sospechosa. Como queremos lo mejor para nuestro hijos procuramos dar los máximos contenidos posibles y cuanto antes. Por esa razón, los niños y niñas españoles van uno o dos años adelantados en relación a la media de los países occidentales. Aprenden antes que los demás a leer y a escribir, y se inician desde muy pronto en el análisis gramatical. La formulación química y el aprendizaje (¡de memoria!) de la tabla periódica de los elementos, por poner un caso concreto, se adelantan uno o dos cursos a los programas de esos otros países con los que esperamos homologarnos. Paradójico. Ellos no exigen tanto ni tan pronto a sus escolares y, sin embargo, van muy por delante de nosotros (puedo dar fe del caso canadiense). Curioso maratón éste en el que salimos los primero a todo gas, para llegar los últimos y desinflados.

¡Claro que se cultiva el esfuerzo! Lo malo es que se trata de un esfuerzo sin sentido.

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