Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Acólitos

EL otro día José Antonio Griñán se quejó con razón de cómo la ultraderecha ha copado internet para difundir sus mensajes a través de blog, correos electrónicos, spam, sitios web, etcétera. Los periódicos somos una de las víctimas favoritas de las olas de propaganda radical. Ciertas organizaciones ponen a disposición de sus acólitos motores capaces de distribuir con un simple golpe de ratón cartas a más de 300 medios informativos. Basta con que diez personas utilicen este servicio para que en pocos segundos se distribuyan 3.000 cartas al director. Y si las escriben cien, 30.000. ¡Tremendo! Pero ¿qué tipo de cartas? Las mismas. En el mejor de los casos se aprecian ligeras variaciones. Las web que se dedican a difundir este tipo de pensamiento ponen a disposición de sus conmilitones cartas ya escritas sobre un tema determinado a las que basta colocar el nombre y puntear con el ratón para que salgan disparadas a los destinos también preconsignados.

¡Y qué decir los blog! La transformación gracias a internet de las antiguas discusiones de café o de taberna en páginas escritas ha elevado el amor propio de muchos de sus autores, que de meritorios charlatanes pasan a considerarse graves formadores de opinión pública. Y del cariz de las opiniones que suelen registrar los así llamados foros poco cabe añadir. El anonimato eleva la temeridad hasta cotas inenarrables. Estoy seguro de que nadie, con nombre y apellidos por delante, sería capaz de dejar algunos de esos insultantes mensajes que se puedan leer .

Pero no es sólo internet. La TDT ha llenado los cuartos de estar de un montón de monótonas tertulias en las que cuatro tipos que derrochan suficiencia se dedican metódicamente a machacar con sus argumentos a un pardillo que hacer de sparring. Eso sí tienen, una desventaja: su monotonía. Las tertulias son como los canales de televenta, pero en vez de ofrecer la faja que reduce la barriga mientras duermes, o el rulo especial para pintar los vanos de las puertas, venden pura ideología.

La saturación de mensajes ultras no me parece mal. Repito: no me parece mal, y están en su derecho. Lo que me llama la atención es el fenómeno en sí mismo y, por supuesto, los efectos sociales de una propaganda tan intransigente y reiterativa. Yo no sé si los anunciantes de la faja vibradora y del pincel para rematar los vanos de las puertas venden muchas unidades de sus productos. Si es así el único mérito es el de la repetición indefinida de los anuncios. Tampoco sé si la propaganda de los extremistas logra convencer a alguien. Si es así su virtud también es la reiteración indefinida del mensaje, un viejo método capaz de convertir un embuste en una gran verdad.

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