La Sevilla del guiri

John Julius Reel

¿Adicción o afición al trabajo?

Ajuzgar por lo que veo en Sevilla, es cierto el tópico que los yanquis viven para trabajar y los europeos trabajan para vivir. Yo vivo para escribir, una forma de trabajar, pero porque este trabajo es poco o nada retribuido, he tenido que elevarlo al nivel de vocación. Ubicarme en Sevilla es ideal para mí porque el trabajo con el que me gano la vida me deja suficiente tiempo libre para volcarme en un oficio que me engancha hasta tal punto que sueño con pasar todas mis vacaciones en una casa con vistas al mar, escribiendo durante ocho o más horas al día, los fines de semana incluidos.

Mi hermano, un director de inversiones, es aún más devoto al trabajo que yo. No obstante, durante sus últimas vacaciones en Sevilla, parecía estar verdaderamente soltándose el pelo. Al ver que se levantaba cada mañana a las once y media, le dije que me parecía muy buena actitud por su parte que dejara su trabajo en América y durmiera todo lo que quisiera. Me respondió que seguía despertándose "a la misma hora de siempre," es decir, a las 5:30 de Nueva York, para evitar el jetlag al volver y así no perder rendimiento en su trabajo. Trabajaba durante la noche, cuando el resto de nosotros dormíamos. Debería haberlo adivinado.

"A la misma hora que siempre" no era una exageración. Mi hermano empezó a trabajar con 13 años, repartiendo periódicos. Se levantaba a las 5:30 para terminar su recorrido antes de que sus clientes fueran a trabajar. Pese a ser un crío, iba de puerta en puerta por las tardes para cobrar. Tenía que dar la cara. Si durante la semana había hecho mal su trabajo, si los periódicos habían llegado rotos, mojados, tarde, o no con todas sus revistas, secciones especiales y regalos de promoción, tenía que aguantar las regañinas y apañarse con menos propinas, y éstas constituían la mayoría de su pequeño sueldo. Tampoco tenía derecho a vacaciones. Tenía que encontrar un sustituto, y si éste fallaba, era mi hermano quien sufría las consecuencias.

Mi hermano no tenía necesidad de trabajar. De todos modos, guardó su trabajo, muy solicitado entre los niños de mi barrio, como oro en paño, aumentando su lista de clientes cada año, hasta que se marchó a Boston para estudiar.

Mi iniciación temprana en las exigencias de una vocación la debo al baloncesto. Bill Bradley, ex estrella de los New York Knicks, y después senador, y en 1997 candidato a la presidencia, era mi héroe. Como jugador, su lema era: "Si no estás practicando, recuerda que alguien en algún sitio está practicando, y cuando te enfrentes con él, ganará". Después de muchos años, llegué lo suficientemente lejos como jugador como para saber que nunca conseguiría el nivel requerido en un buen jugador. Gracias a mi sacrificio descubrí una filosofía de vida a la que aún soy fiel.

Mis amigos sevillanos que comparten esta actitud hacia el trabajo son bichos raros en una sociedad que aprecia mucho más el ocio y la tranquilidad que los retos duros y las luchas largas. Aquí, el colmo es llegar a ser funcionario, algo que cuesta mucho conseguir, pero cuesta poco mantener. En EEUU, el colmo es llegar a ser autónomo, algo que cuesta mucho conseguir, y cuesta aún más mantener. Aquí, los adolescentes trabajan para tener dinero, y practican al deporte como diversión. En EEUU también, pero con un motivo añadido: si un adolescente no destaca tanto en sus actividades extraescolares como en sus estudios, va por detrás y los porteros de las grandes oportunidades -las universidades de primera, por ejemplo- le cierran las puertas. Aquí, los colegios y los institutos emplean el orden alfabético para organizar a los alumnos en clases. En EEUU, el sistema educativo favorece, desde el principio, a los niños de alto rendimiento escolar, poniéndolos todos juntos en la misma clase.

Una sociedad que da tanta importancia y preferencia a lo prodigiosamente listo y trabajador puede fomentar una competencia malsana y machacadora. Muchas veces aquellos que despuntan están motivados más por la soberbia que por la pasión. En España está de moda llamar al sistema estadounidense "elitista". Eso sí, si llamamos élites a aquellos con talento y con ganas de aplicarlo. El sistema, más que elitista, es práctico, demasiado práctico cuando a la gente le importa más el triunfo que el trabajo en sí.

Yo llevaba muchos años mirando a los europeos con una mezcla de anhelo, envidia y admiración, como si fueran ellos los que vivieran realmente bien, y nosotros unos manojos de nervios, las víctimas de una compulsiva y crispante competencia. Llegó el momento en el que tuve que aceptarme tal como soy. La alegría más grande de mi vida aparte de mi familia es la satisfacción de trabajar mucho y bien; para mi homólogo europeo es tener su tiempo libre para pegarse la vida padre, disfrutando de sus comodidades, su cultura, sus tradiciones, y sus hobbies. Ninguno vive mejor que el otro. Disfrutamos de cosas distintas.

Diciendo esto, no descarto que pudiéramos intercambiar perspectivas de vez en cuando, y así vivir aún mejor. Por ejemplo, al salir de casa una mañana con mi hermano, abrí el buzón, buscando el periódico. No estaba. Quité importancia a su ausencia, diciendo que había llovido mucho aquella mañana.

-¿Y qué? -dijo mi hermano-.

Me había olvidado con quién estaba hablando.

-No pasa nada -le dije-. Disfrutemos del paseo al quiosco.

Hicimos precisamente eso. En inglés hay un refrán: "When in Rome, do as the Romans do": En Roma, haz lo que hacen los romanos.

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