en tránsito

Eduardo Jordá

Administradores de fincas

ME gustaría saber si se ha escrito alguna novela que tenga como protagonista a un administrador de fincas. Es posible que Simenon escribiera una novela así, porque la comedia humana que puebla las novelas de Simenon es infinita, pero por desgracia no he leído esa novela, si es que existe. Y lo digo porque me fascina la profesión de administrador de fincas. Me intriga la paciencia que hay que tener para soportar horas y horas de reuniones sobre temas tan tediosos como el vecino moroso del 5º A, o la correa del ascensor que se rompe con puntualidad siempre que empieza un puente, y que encima ya había sido reparada hace menos de un mes (y a un precio exorbitante, como exige que conste en acta la propietaria del 2ºA). Y también me fascina la sangre fría que hay que tener para soportar los discursos disparatados del vecino que ha perdido la cabeza, o las excusas inverosímiles del presidente de comunidad que se resiste a hacer su trabajo, o las denuncias de la señora indignada porque un tipo con pinta de chamán ha montado un taller de sexo tántrico en el ático B. Por alguna razón que desconozco, cuestiones tan apasionantes como éstas suscitan en mis vecinos una curiosidad casi insaciable que les lleva a discutir durante horas y horas.

Si lo pensamos bien, el oficio de político es lo más parecido que hay al trabajo de administrador de fincas. Si se les quitara a los políticos la exaltada cobertura periodística y sus apariciones en televisión y toda la pompa y circunstancia que les prestamos como representantes de la soberanía popular, su trabajo sería igual de gris y de aburrido que el de esos administradores que se pasan horas discutiendo el arreglo de un ascensor. Pero hay una diferencia esencial entre un oficio y otro: los administradores de fincas suelen hacer su trabajo de una forma bastante más discreta, y por lo general con mucha más austeridad. Ningún administrador de fincas, al menos que yo conozca, organiza mítines en plazas de toros, ni viaja en primera clase con cargo al presupuesto de la comunidad de vecinos, ni mucho menos pierde su tiempo en disputas pueriles que le impiden dedicarse a cosas más urgentes, como el arreglo del ascensor.

Y eso es algo sobre lo que habría que reflexionar, porque dentro de poco va a empezar una nueva campaña electoral, y una vez más veremos cómo se derrocha el dinero en un sinfín de actos públicos que en realidad no sirven para nada. Una buena campaña electoral se puede hacer con poco dinero, y por eso se debería imponer un límite al derroche absurdo en actos de propaganda. Sobre todo porque somos nosotros los que estamos pagando ese derroche. Y si a nosotros se nos exige recortar el presupuesto, ¿por qué no lo recortan también los políticos?

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