La esquina

Adónde nos mandan los mandos

ES bueno para los currantes que haya directivos en las empresas porque así siempre tendrán a quienes culpar de los sinsabores del trabajo. Los directivos cumplen en el ámbito laboral una función semejante a la de los padres en casa. Los adolescentes tienen perfectamente identificados a sus padres como el origen de todas las desdichas que padecen (muchas y terribles, claro, porque a esas edades no se tiene perspectiva y todo son problemas, traumas y desgracias, además de acné).

Hay directivos que van más allá de este destino fatal. Está incluido en el sueldo, de ellos y nuestro, que se pasen de obra, o sea, que organicen mal los equipos, no pongan a cada uno en su sitio y desaprovechen los talentos de cada uno, por no hablar del mobbing, expreso o implícito, que hace que el subordinado vuelva a casa cabreado, maldiciente y prehomicida. Pero resulta peor cuando se pasan de palabra, humillan e insultan al trabajador delante de todos. Ahí pierden los papeles, y además de los papeles pierden el respeto al que debían aspirar.

El TSJA ha reprobado la actitud de un alto jefe de una firma bodeguera que tenía la costumbre de mandar a sus empleados. No de mandarles tareas más o menos onerosas, sino de mandarlos al carajo. Podía haber elegido otra fórmula para ser abrupto con sus subordinados al reñirles o exigirles que lo dejaran en paz. No sé, algo así como mandarlos al cuerno, al infierno, a escardar cebollinos, a hacer gárgaras, a la porra, al pedo, a freír espárragos, a la mierda incluso... Hay muchas variantes, y de distinta gradación, para expresar de modo insultante la desconsideración en que se tiene a alguien. El bodeguero no quería medías tintas. Buscaba la frase más rotunda y vejatoria: vete al carajo.

Al tribunal le ha parecido que ésas no son maneras de dirigirse a los subordinados, por irrespetuosas e insultantes, y no se ha dejado convencer tampoco por los argumentos de la empresa del ofensor : alegó que el "carajo" en cuestión no era sino el mástil principal de las embarcaciones medievales, adonde se envíaba a los marineros a otear el horizonte y del que bajaban a cubierta mareados, es decir, carajotes perdidos. Más o menos, la empresa trababa de hacer creer a los jueces que el directivo no terminaba sus conversaciones con ninguna expresión zafia y despectiva, sino que indicaba a los trabajadores que entre sus tareas estaba la de subirse a lo más alto de la bodega y mirar a todas partes . Hasta marearse.

¿Quién puede creerse semejante disparate? La compañía fue condenada a implantar un código de conducta de sus directivos más respetuoso y cordial. Pero como la crisis vaya a peor, que seguramente irá, habrá muchos directivos que manden a sus empleados a ese mismo sitio sin ser condenados. Y con la interjección les entregarán la carta de despido. El insulto, entonces, ya les saldrá gratis.

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