Visto y oído

Antonio / Sempere

Adosados

ASISTO en la coqueta Sala Pequeña del Teatro Español de Madrid, al ladito de donde bailaron el último tango a Fernán-Gómez la semana pasada, a la representación de Adosados, a cargo de Petra Martínez y Juan Margallo: treinta años consecutivos sobre las tablas. Desde el primigenio Uroc hasta hoy. La función me recuerda mucho a aquellos diálogos ingeniosos de Tip y Coll. La conversación entre Petra y Juan, autores también del guión, escondidos bajo el seudónimo de John Petrof, acoge muchísimo humor absurdo del bueno, no poco cinismo y dosis de metateatro. Afortunado es, por ejemplo, ese hallazgo de solicitar listas cerradas para los espectadores, como ocurre en las listas de los partidos, de forma que si cuando uno quisiera ver la función arrastrase obligatoriamente a todos los demás.

En un momento de la representación, la pareja hace zapping para ver qué se cuece en la televisión. Un zapping sin trampa ni cartón. Pasan de las nueve y media de la noche y vemos a María Escario explicando eufórica en los Deportes del Telediario que la espera de los 17 años del equipo de baloncesto del Obradoiro bien ha merecido la pena. Y vemos a un Alfredo Urdaci presentando un debate sobre la violencia de género dando la bienvenida a Terelu Campos, que muy seria, con el ceño fruncido, editorializa sobre el particular. Y vemos, cómo no, las parejas de Escenas de matrimonio, que a esa hora hace saltar chispas a los audímetros. Y aunque las comparaciones sean odiosas, no podemos menos que cotejar lo que dan de sí unos y otros diálogos, uno y otro montaje, una y otra función. En formas y en contenidos. En intención. En capacidad de provocación. Adosados, en la televisión, con suerte, se ventilará en una pieza de dos minutos para La mandrágora de madrugada. Es lo que hay. A veces la tele tiene sus limitaciones.

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