La ciudad y los días

Carlos Colón

Agamenón, el porquero y los gorrinos

SI probar o desmentir lo del primo del alcalde, dicen que reconvertido de diseñador de trajes de novia en diseñador de páginas web que nadie encuentra, es tan difícil, ¿qué suerte nos aguarda en lo que a denuncias de cuestiones de mayor calado se refiere? En seis días ni la oposición ha sido capaz de probar el asunto como irrefutablemente cierto ni el alcalde de desmentirlo como totalmente falso (pongo por delante la prueba por aquello de la presunción de inocencia); y eso que no estamos ante una cuestión relacionada con cifras mareantes, sino con 6.700 euros; ni con lejanas multinacionales, sino con Emasesa; ni con remotos lugares, sino con la Plaza Nueva y La Algaba. Si Sevilla fuera Washington no habría aparecido ni un micrófono del Watergate y Nixon seguiría en la Casa Blanca. En cuanto al periodismo de investigación, aquí parece dar sólo para la chismografía cofrade a lo The Fresquita Post o The Iscariote Times.

Ante este desconcierto los ciudadanos -signo de los tiempos- opinan en función de sus afinidades ideológicas: para unos es una intoxicación más del PP y para otros un nuevo chanchullo del PSOE. Los medios, en función de su línea editorial, conceden más o menos espacio a la cuestión (una forma discreta de manipular la información) o se inclinan más a uno u otro lado concediendo mayor o menor credibilidad a la denuncia. ¿Nada puede desmentirse o probarse con documentos? ¿Es que la verdad, que es juicio o proposición que no se puede negar racionalmente, no existe y vivimos pirandellianamente condenados a un así es si así os parece? ¿Acaso ni tan siquiera los hechos objetivos más elementales -contratos, facturas, parentescos- pueden refutarse o probarse documentalmente? ¿Vivimos una estetización de la política y de la vida pública que las convierte en una obra abierta cuya interpretación - que quedaría por completo en manos del espectador/ciudadano- es necesariamente subjetiva y arbitraria? ¿Todo puede decirse sin que nada tenga consecuencias?

Este camino nos hunde cada vez más profundamente en el sectarismo partidista que infecta y distorsiona nuestra vida pública. Se está a favor o en contra, se da crédito o se niega, no en función de la naturaleza de los hechos probados, sino de las adhesiones inquebrantables. ¿Los hechos? ¡Y a quien le importan! Pobre Juan de Mairena: ya no es cierto aquel "la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero" con el que don Antonio Machado encabezó sus sentencias, donaires, apuntes y recuerdos. La verdad, ahora, depende de que la diga Agamenón, su porquero o los gorrinos, que son siempre los otros.

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