la esquina

José Aguilar

Ahora es sin ETA

VA a ser muy difícil que las próximas elecciones autonómicas en el País Vasco no consagren la hegemonía del nacionalismo y el retroceso de las formaciones políticas constitucionalistas. Y con ello, el distanciamiento y la animadversión hacia España.

Como tantas otras veces, el Partido Nacionalista Vasco tendrá el poder real de decisión. Su candidato, Íñigo Urkullu, será lehendakari si este partido logra la mayoría relativa, bien eligiendo apoyarse en la coalición proetarra o con el respaldo del PSOE. A día de hoy la opción más clara es la primera: el triunfo del proyecto común del nacionalismo. El final provisional del terrorismo ha producido un efecto paradójico: los nacionalistas moderados se sienten más libres para defender ahora su programa máximo, es decir, la independencia.

El mismo Urkullu ya ha puesto fecha, 2015, para conseguir un nuevo estatus para su tierra -con el lema Euskadi, nación europea-, una relación nueva con España. A ello le empuja no sólo su ideología, sino la propia competencia que le hace Bildu en el campo del nacionalismo. La disputa le llevará a radicalizarse. Otra opción posible es que los batasunos, que han presentado ya a una candidata con apariencia de normalidad -sus ideas son las de siempre-, superen al PNV en las urnas obligando a este partido a auparla a Ajurianea con su concurso y coalición o, de lo contrario, a aliarse con un PSOE derrotado y en caída libre.

Es un caso singular. La derrota policial y judicial de ETA no va a ser rentabilizada por sus enemigos -y víctimas- socialistas y populares, sino por sus cómplices reconvertidos y sus compañeros de viaje a las tinieblas. No es descabellado pensar que habiendo España vencido, con gran sacrificio y sufrimiento, a la banda terrorista más sanguinaria y anacrónica de Europa, va a resultar la democracia española la gran damnificada. Hemos visto ya asesores municipales que amenazan con pistolas a vascos españolistas, quizás tengamos que ver también a asesores autonómicos en la misma actitud. Incluso a consejeros del Gobierno.

Esto quizás ocurra a causa de una verdad que en la lucha perentoria y prioritaria contra ETA nunca hemos querido reconocer: que si esta organización ha durado tanto y ha condicionado tanto nuestras vidas es porque no se reducía a un grupo de fanáticos criminales y sus familiares, sino que ha crecido en un entorno social favorable. Un entorno más numeroso de lo que queríamos creer y en una situación de podredumbre moral más extendida de lo que queríamos admitir. Muchos miles de vascos han sido educados en el odio a España y en la comprensión hacia los asesinos que llevaban ese odio al paroxismo. Y les pueden hacer ganar las elecciones.

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