el periscopio

León Lasa

Ahorro o consumo

CON el paso del tiempo, y cuando uno es consciente no sólo de que le quedan menos años por vivir de los que ya ha vivido sino, además, de que hay países que nunca conocerá, ciudades que no volverá a visitar u obras maestras que no podrá leer, se va llegando igualmente a otras conclusiones igual de claras: existen cuestiones económicas para las que no encontrará nunca una explicación, ni siquiera leyendo artículos o manuales de sesudos profesores que ni anticiparon la debacle (tan clara al parecer ahora) ni se ponen de acuerdo en asuntos aparentemente básicos. Según se lee en la prensa o se oye en los medios, los mantras que repiten los principales partidos políticos y sus voceros mediáticos son, por un lado: "hay que terminar con el gasto irresponsable que nos ha conducido a esta situación y consolidar las cuentas públicas al coste que sea para recobrar la confianza de los mercados y retomar la senda del crecimiento" (disculpen los clichés); y por el otro: "la obsesión por reducir el déficit está estrangulando la economía, el consumo, y solamente hará agravar el problema del paro". Así las cosas, ¿qué es lo que se debe hacer? ¿Continuar con una política de austeridad que ayude a pagar nuestras deudas, públicas y privadas, aunque no seamos capaces de pedir una cerveza en la calle o estirarnos en una convidada? ¿O no obsesionarnos por ello y proseguir con una política expansiva que tire de la demanda y ayude a crear empleo, aunque no cumplamos las macrocifras de Bruselas?

En este sentido, hace poco, el gurú neokeynesiano Paul Krugman escribía lo siguiente en el New York Times: "Los países con gobiernos estables y responsables -o sea, gobiernos que están dispuestos a aumentar moderadamente los impuestos cuando la situación lo exige- han sido por regla general capaces de convivir con niveles de deuda más elevada de lo que la opinión convencional nos induciría a pensar...de modo que sí, la deuda es importante. Pero en este momento hay cosas más importantes. Necesitamos más, no menos, gasto público para sacarnos de la trampa del desempleo. Y la terca y desinformada obsesión por la deuda se interpone en el camino". No me dirán que, esas palabras, recitadas no por Sandro Rey sino por un premio Nobel de Economía, no hacen que al menos uno termine por dudar de casi todo en materia económica, incluido de algo tan de pura lógica como que no se puede vivir por encima de nuestras posibilidades o que las deudas hay que pagarlas. Si Krugman defiende lo contrario quizá ha llegado el momento de cambiar de coche. Aunque sea a crédito. La industria del automóvil, y sus empleados, me lo agradecerán.

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