la tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

Aires de independencia

SI los grandes temas españoles del siglo XX fueron la Guerra Civil, el franquismo, la restauración de la democracia y el ingreso en la Unión Europea, en la presente centuria será clave, más allá de la crisis económica, la ruptura de la unidad nacional. Se trata de un asunto mollar, si pensamos que España es una de las naciones más antiguas de Europa y del mundo, y en la crisis política que puede provocar.

La unidad, con sus matices, se consumó a finales del siglo XV. Es verdad que no faltaron después riesgos de ruptura, pero, a la postre, pudieron ser conjurados, y España subsiste tras más de cinco siglos de historia.

Otras naciones de nuestro entorno, hoy consolidadas, surgieron en tiempos mucho más tardíos: Estados Unidos, en 1776, y Bélgica y Grecia, en 1830; la unidad de Italia sólo se completó en 1870 y la de Alemania, en 1871.

Sin olvidar sus especificidades, el mayor problema para mantener la unidad de España estriba en no haber sido capaces de reconocer los desafíos nacionalistas, particularmente el vasco y catalán, y, en consecuencia, no haberles dado cabal respuesta. Aún hoy es patente la amnesia general. Ignoro qué debe ocurrir para considerar abiertamente la gravedad del problema, sin duda de alcance histórico, y salir de ella.

Desde la transición política, el contencioso nacionalista se ha entendido en general como una cuestión de falta de autonomía y de respeto a los rasgos de identidad de determinadas regiones durante el franquismo. No es del todo cierto.

Tampoco es un problema económico. Si así lo creemos reducimos su alcance. Participan, y de qué forma, elementos de carácter inmaterial o subjetivo, fundamentales para su comprensión. El nacionalismo funciona en esta sociedad posmoderna, falta de grandes ideales, como "sustitutivo" de la religión revelada, del alicaído patriotismo español y la incertidumbre europeísta. Se convierte, pues, en una fe y, por ende, es una esperanza, una utopía de futuro. Y una fe que crea su propia racionalidad. De ahí que la "construcción nacional", la "identidad nacional" con respecto a otras identidades, y, por supuesto, a la española, esté por encima de la lógica, aparentemente más obvia, de contar la verdad histórica o de reducir ciertos gastos que consideraríamos superfluos, como los doblajes del castellano, las embajadas en el exterior o los medios de comunicación propios. Se trata de asuntos innegociables. Y, en cualquier caso, siempre hay un chivo expiatorio externo al cual culpar. Tal es la lógica nacionalista.

Al no querer afrontar este reto, creyendo que se difuminaría por sí solo o haciendo permanentes concesiones; buscar algún provecho temporal del apoyo nacionalista, o evitar ciertas decisiones temiendo el coste político a pagar, se ha venido engordando al monstruo, hasta convertirlo ya en indomable. Incluso hoy, deseando tranquilizarnos, no se plantea la dura tesitura de aceptar el órdago independentista, dando por hecho su irreversibilidad, o actuar eficazmente pagando el precio necesario. Se ha preferido mejor andar con rodeos o mirar para otro lado.

La falta de una respuesta acorde ha llevado las cosas demasiado lejos. Mal que nos pese -y a mí me pesa- ningún argumento basado en el bien general puede ya parar el proceso, salvo, interesadamente, para ganar un poco más de tiempo. Cada avance que consigue el independentismo es un paso, más o menos largo según los casos, en el camino hacia su objetivo. Tal es su propósito, unas veces confesado y otras insinuado. Mientras tanto va ganando adeptos a su idea entre sus ciudadanos (compárense las sucesivas encuestas), al presentarlo como un proyecto atractivo, frente a un sentimiento español acomplejado y desasistido, cuando no negado como extemporáneo, a pesar de los éxitos deportivos. De ahí que más de un partido pueda estar pensando ya en el día después, en la España fragmentada y la manera de subsistir en cada una de sus partes, adaptando sus siglas al país recién creado.

Lo que se vislumbra en el horizonte no es ciertamente reconfortante para los que amamos España, pero tampoco lo será para los adormecidos españoles de a pie (incluidos los de sólo carné). Ni tan siquiera sabemos de qué territorio será rey nuestro monarca, salvaguarda de la unidad, en el futuro.

El cómo se consumará la segregación es todavía una incógnita. Si es a la manera checa, es posible que el coste sea, al menos inicialmente, escaso; pero si no fuese este el modelo o parecido, podríamos entrar en una cadena de tensiones y conflictos duraderos. No deben olvidarse los efectos de imagen, en un momento que España necesita presentarse como un Estado no fallido, de cara a las ayudas económicas exteriores; ni que, tras las independencias, vendrán las reivindicaciones sobre territorios vecinos y un posible efecto dominó sobre otras regiones españolas y Europa en su conjunto. Estamos, queridos lectores, ante el acontecimiento del siglo.

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