Tribuna económica

Rogelio / Velasco

Ajuste de las expectativas

LOS quince años que mediaron entre 1993 -cuando España salía de una situación de recesión- y el pasado año, transformaron a la economía como en pocas etapas anteriores, si es que las ha habido.

La transformación no se ha materializado sólo en una mejora de las infraestructuras, la sanidad y otros servicios públicos -además del incremento en el bienestar privado, como consecuencia de la mejora de la renta y del empleo-. Se produjo también una modificación sustancial de nuestras expectativas vitales, que nos hicieron sentir más optimistas, más confiados en nuestro futuro y con mayor capacidad de asunción de riesgos. La persistencia de una situación en el tiempo, tiende a proyectarla con gran fuerza hacia adelante.

Si la persistencia se refiere al incremento de la renta, tenderemos a prever que en el futuro seguirá creciendo. Pero esa previsión la actualizamos periodo a periodo, de manera que si la renta se estanca o se reduce, el gasto real se adapta con rapidez al nuevo entorno. De hecho, las desviaciones del gasto que prevemos realizar y el que efectivamente se produce, se deben a errores de previsión que cometemos. En las actuales circunstancias, el problema es que esos errores son sistemáticamente a la baja. En otras palabras, tendemos a pensar que las cosas van a ir peor de lo que realmente deberían ir.

Esta es una razón fundamental por la que los recortes de impuestos personales en épocas de fuerte ajuste de las expectativas apenas generan efectos a corto plazo sobre la actividad económica.

Esta dinámica de comportamiento genera importantes consecuencias para la política económica. Por un lado, los incrementos salariales reales generan un impacto más reducido que cuando la economía se encuentra en expansión. En consecuencia, esos incrementos generan un impacto negativo mayor sobre la cuenta de resultados de las empresas, que positivo sobre la demanda agregada de la economía. Y por otro, este argumento es extensible a las actuaciones del sector público.

Una subida salarial o de las pensiones significativamente por encima de la tasa de inflación (como ocurrirá este año en España) produce más daño sobre las cuentas públicas que efectos positivos en la demanda y la actividad económica.

Este efecto es tanto más negativo cuanto más se traduzca en una pérdida de competitividad para la economía. Durante la actual y la pasada décadas, nuestro país ha sido el que más competitividad ha perdido respecto de nuestros principales socios comerciales. Como sabemos, tradicionalmente una devaluación de nuestra moneda ajustaba nuevamente las distintas capacidades de las economías, instrumento del que ya hoy no disponemos.

La moderación de los que trabajamos, es una de las mejores contribuciones que podemos realizar para ayudar a que la pérdida de empleo no se transforme en una catástrofe.

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