fragmentos

Juan Ruesga / Navarro /

La Alameda de Bollaín

HE vuelto a ver recientemente, con ocasión de un ciclo dedicado al Cine para la Arquitectura, los dos documentales que sobre la Alameda de Hércules filmó Juan Sebastián Bollaín, arquitecto y cineasta sevillano. El primero de los trabajos es de 1978 , producido por el Colegio de Arquitectos y el otro está rodado en 1998, y fue un encargo de la Gerencia Municipal de Urbanismo. Una sesión doble, con coloquio, a la antigua usanza, y con el autor presentando y comentando su obra.

El acto, con presencia de alumnos de la Escuela de Arquitectura, fue agradable, estimulante y revelador. Agradable por el encuentro con Juan Sebastián, su calidad humana y su entusiasmo inalterable, que se refleja en su obra reciente, y eso en un tiempo en que el pesimismo aparenta ser un rasgo de inteligencia. Estimulante porque vi unos documentales llenos de vigor, sobre todo el de 1978, fiel reflejo de su tiempo. Y revelador porque nos obliga a reflexionar sobre lo que hemos perdido y lo que hemos ganado, en los años transcurridos.

La película muestra una Alameda degradada en lo social y en lo arquitectónico. Por la calle Joaquín Costa y sus alrededores, putas, chulos y merodeadores, retratados en blanco y negro, como en un aguafuerte goyesco. Es el final de un tiempo pasado, de burdeles lujosos y bares de encuentro de la sociedad sevillana que alternaba con artistas y flamencos, en los años anteriores a la Exposición. El solar de la actual comisaría, en la cabecera de Lumbreras, se nos muestra convertido en patio de derribo, donde se alinean lavabos, bancos, azulejos, columnas, rejas, etcétera, como un ordenado cementerio de despojos de todas las casas derribadas desde Feria y San Luis hasta San Vicente. Desfilan voces y rostros de la historia de la ciudad. El Pali, Antonio Mairena y otros rostros populares del barrio, que nos hablan de Realito y las murgas. Mientras que la cámara nos muestra el Casino ferroviario, todavía en funcionamiento, el agujero del Metro, la Casa de las Sirenas medio en ruinas y casas cerradas y en estado de abandono

Una ciudad en almoneda, como refleja Bollaín en una escena genial, en la que el librero Padilla da vida a un charlatán que en un puesto del Jueves ofrece a precio de saldo los viejos caserones y fincas de la Alameda a un público entre asombrado y curioso, que lo rodea entre cuchicheos y movimientos de cabeza. Un álbum de fotos de una Sevilla que pasó y que los jóvenes estudiantes de Arquitectura contemplaban con una seriedad casi de estudio antropológico, de un mundo desconocido para ellos.

Como contrapunto, la visión esperanzada de un grupo de jóvenes sevillanos, arquitectos y escritores de aquel momento, que trataban de teorizar causas y remedios para la situación, en puertas de cambios políticos que obligarían a actuar y asumir responsabilidades. Pero, por encima de todo, aquella tarde pensé en la dimensión casi mítica de la Alameda de Hércules. Cómo cada generación la reinventa. Y como entonces, me sigo preguntando: ¿Por qué para algunos sevillanos la Alameda es un problema?

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