Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Albaicín

LA historia, en resumen, es ésta. Desde hace años un anónimo grafitero se dedicaba a llenar el barrio del Albaicín, Patrimonio de la Humanidad, de pintadas soeces o de avisos tan decisivos para la salud pública como Fumar mata. Rara era la semana en que los muros blanquísimos del barrio no amanecían pintarrajeados por el mismo sujeto. ¿Quién era el embadurnador rupestre que ensuciaba impunemente las tapias? Empezaron las averiguaciones, discretas, de los vecinos. Una madrugada descubrieron dos sombras proyectadas en un tabique: la de un hombre y la de un enorme sabueso. ¿Baskerville? ¿Holmes? Cuando se desvanecieron, los vecinos encontraron sobre el muro una pintada recién hecha. Las guardias continuaron y los perfiles de los sospechosos fueron cobrando nitidez. La sombra del hombre correspondía a la de un ilustre vecino, poeta, y profesor del departamento de Literatura de la Universidad de Granada, y la del sabueso al perro del profesor. Los vecinos fueron sumando pruebas. El viernes pasado la Fiscalía de Medio Ambiente presentó una denuncia formal por un delito contra el patrimonio contra José Ortega, profesor universitario, poeta, editor y fotógrafo. Lo acusa, con un montón de pruebas, de ser el grafitero misterioso que ha ensuciado durante años la proverbial cal albaicinera.

El estupor se ha adueñado de las comunidades universitaria y cultural. Bueno, no de toda. Más bien de una parte, la más ingenua o avezada. El presidente en Granada del Centro Unesco de Andalucía escribió hace pocos años lo siguiente: "Un poeta albaicinero de alta calidad, de alta cima, es ciertamente Narzeo Antino (José Ortega Torres), a pesar de su sencilla apariencia, de su sabiduría y probada erudición".

La universidad no es lo que era. Y la degradación continúa. Hay precedentes para todos los gustos. De hecho, el poeta denunciado propuso irónicamente en una reunión del departamento de Literatura que fuese designado como director un popular cantaor y rapsoda. Eran los tiempos en que aún formaba parte del departamento Luis García Montero y la tensión no había estallado hasta el extremo de que el escritor tuviera que huir del acoso de algunos compañeros que, por ejemplo, predicaban en sus clases que Lorca era fascista o algo parecido.

¡Menudo departamento! ¡Y menuda imagen de la Universidad! Y no me refiero a la de Granada sino a la de la institución misma (donde quiera que esté) cuyo prestigio se deslustra día a día. La de Granada, sin ir más lejos, también está siendo investigada por el fiscal por la supuesta censura de una exposición fotográfica. A la primera queja beata sobre el contenido de las obras echó la persiana.

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